El silencio de la sabiduría

25 Abr

Es muy peligroso tener ideas. Primeramente porque son esquemas conceptuales fijos pero remitentes a unas realidades en movimiento. De ahí que nunca pueda encajar idea con realidad.

En segundo lugar, porque las ideas nunca reproducen lo real. Son simples aproximaciones rudas y elementalmente restringidas de lo que, in facto, es complejo, rico e indefinible.

En tercer lugar, las ideas fragmentan conceptualmente lo que en el campo de lo real es uno.

Además, al ponerte a defender (si es que decides evangelizar en actitud doctrinal) una idea cualquiera, te das cuenta, si estás atento, que podrías sacar argumentos suficientes para defender la idea contraria y las innumerables que se presentan en el amplísimo arco intermedio de ambas.

Sin embargo, es a partir de una idea (con toda su pobreza) que se derivan otras en racimos de unidades consecuentes. Y es así como se construye un sistema filosófico o se constituye una doctrina que será luego refutada partiendo  de otra pobre idea que, a su vez, se desarrollará en sistema. Y así se va haciendo, tejiendo y urdiendo filosofía tras filosofía, palabra tras palabra y concepto tras concepto. Y todo a base de un parloteo interminable y sempiterno que hasta crea adeptos rabiosos con uñas afiladas en defensa de posiciones. Son los adeptos bloqueados y estancados en posturas estáticas, fijamente antinaturales.

Pues bien, para superar esta difícil situación, ¿cómo actuar? En primer lugar aceptando que cada concepto o idea es lo que es: una fragmentación arbitraria y falsificadora de lo real y de lo que está unido, y que es absurdo, por lo tanto, confrontar ideas como si de partes contrarias y en lucha se hallasen.

Sólo Heráclito, en la historia de la filosofía antigua, fue capaz de comprenderlo: el mundo no es dicotómico. Y para nada están separados en contrarios bueno/malo, bello/feo, alto/bajo y etcéteras con otros etcéteras. Estos supuestos pares de oponentes no sólo no están separados ni en lucha (errores conceptuales), sino que unos complementan y definen la existencia de los otros.

También así lo entendieron en la clásica China, cuando se fue capaz de captar que toda unidad de una dicotomía está en la otra unidad (A está en B) o que lo uno es también lo otro (A es B). Se trata del ya conocido yin y yang.

De ahí que la sabiduría real (que nada tiene que ver, por otra parte, con el almacenaje erudito de información) radique en comprender que no hay que razonar por exclusión (ser/no-ser, verdad/no-verdad) sino aceptando los supuestos pares de opuestos a la vez.

No se tratará, por lo tanto, de escoger lo uno o lo otro (o frente a lo otro), sino de aceptar que lo uno está en lo otro. ¿Qué por qué? Por este hecho: porque lo real es inabarcable por medio de conceptos fragmentadores (palabras) y en juegos de oposición antagónica y excluyente. Por todo ello lo mejor y más sabio quizás sea callar. Callar con respecto al flujo incesante de una realidad que “hablándola” se paraliza, dejando de ser lo que precisamente es: devenir (no sustancia).

Por ello François Julián en su libro Un sage est sans idée, ou l’outre de la philosophie (o Un sabio no tiene ideas, de Siruela) explica cómo la filosofía comete el error de ser exclusiva, mientras “la verdadera sabiduría”sería, en cambio, comprensiva, englobando sin dialectizar los puntos de vista opuestos.

Quien toma posición ya es parcial. Y lo es por el simple hecho de tomar partido. Su problema es que se encuentra circunscrito a un punto de vista (el suyo), con lo cual pierde la globalidad que supone el todo.

Lo importante está en no estancarse en ningún lado. ¿Qué por qué? Porque la vida son todos los lados (incluso aquellos que nosotros no podemos ni imaginarnos que existen). Se trata, pues, de no ser reductores.

El sabio será el que es capaz de entender que cada cual tiene razón dependiendo de lo que haya visto (o sentido) desde su perspectiva. Pero habrá que saber también que toda perspectiva es pobre y que, por lo tanto, no hay que obstinarse en ninguna perspectiva o posición (fija o no fija).

Hasta incluso la oposición vida/muerte es una dicotomía falsa e inventada. En toda vida hay muerte y en toda muerte hay vida. Y el tomar partido por uno de los dos falsos polos es erróneo. “¿Cómo voy a saber” –pregunta un pensador taoísta- “si el amor a la vida no es un error; y si el horror a la muerte no es el de un hombre que, extraviado desde la infancia, ha olvidado el camino de vuelta?”

Se comprende que los filósofos vayan angustiados, por lo tanto. Y se entiende que los verdaderos y escasísimos sabios estén tranquilos, serenos y relajados. Éstos últimos no toman partido. Callan. Y con la mente vacía para no dejarla ocupar por nada, esa nada (o idea) parcial.

Por esto el sabio tampoco busca resolver grandes problemas. Toda “solución” es parcialidad. Así que los auténticos sabios no ven ya la vida como enigma. La dejan pasar, la toman como viene (sin juzgarla ni enjuiciarla).

El sabio, por lo tanto, es inclasificable (porque no tiene lado alguno que permita ser dibujado o definido). El sabio no discute, no se luce. No pretende nada de nada. Está vacío. Calla.

Y nosotros, mientras, no paramos.

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