Archivo | diciembre, 2008

La conquista-la “conquesta”

17 Dic

   La conquista, la conquesta o la con-costra. Porque dura es ella, la costra. Más que la pulpa del pan blanco. La conquista. Y los conquistadores. Y la parafernalia del engañabobos que la acompaña. Así que analicemos el tema, porque vale la pena.

¿Quiénes han sido siempre los conquistadores? Pues han sido los grandes señores que movidos por ambiciones locas y desmesuradas han optado por la movilización general de unos súbditos que nunca nada han ganado con tal movilización o reglutamiento. Han  sido, sí, los grandes señores, los amos, los que han arrastrado a sus sometidos hacia las primeras líneas de combate para el enfrentamiento directo contra otros súbditos desgraciados, comandados también, y a su vez, por otros señores dominadores, defensores de sus tierras, riquezas y haciendas. Y de este modo se ha ido escribiendo la Historia, las de los horrores y de los crímenes y de la sangre derramada.

Atendamos, por ejemplo, a la llamada Reconquista española. ¿Quiénes eran los que se beneficiaron con las guerras a los moros y ganaron sus fortalezas e sus villas? ¿Los que pusieron tantas veces la vida al tablero? No, no fueron los soldados ni la tropa, llevada a la fuerza de un sitio para otro en la miseria y la lucha cruenta. Los beneficiados con tierras nuevas y dominios fueron los dirigentes del cotarro: los reyes, sus familias y los nobles, se llamaran o no se llamaran Don Rodrigo, o sea, los que luego, entre ellos, también movían sus piezas en lucha fraticida para hacerse con el mando, el mayor botín o la mayor riqueza. A los que se enfrentaron directamente, a las piezas manejables, les tocó siempre la muerte, las mutilaciones y las heridas. Y a los que sobrevivían (mancos, cojos o enteros), ¿qué les deparaba el destino después de la lucha y la épica asquerosa y repugnante? Pues les deparaba el trabajo duro y sólo el trabajo, en los campos ganados por sus amos y señores, campos de propiedad privada que luego estos jefazos sin escrúpulos legaban a sus hijos. Les deparaba el trabajo, sí, el trabajo miserable de una pobreza que se prolongaba año tras año,  generación tras generación y siglo tras siglo. Sin esperanza de liberación alguna. La sola liberación era la muerte o la partida definitiva de este valle de lágrimas en el que, con el poder, se aliaban y emparentaban tanto los ejércitos como las iglesias que predicaban el sometimiento y la resignación estoica que el poder nunca practicaba.

La épica es una farsa. Toda épica es una farsa. Una tomadura de pelo absoluta, organizada y orquestada por los caciques manejadores de hilos finos o no tan finos en provecho de sus intereses desorbitados. Esta épica de la farsa la hallamos por doquier: en la Reconquista, en Jaime I y en sus hijos peleándose entre sí, en los Austrias o Hamsburgo intentando sacar provecho por tierras europeas, y en los Borbones con sus intrigas políticas y familiares. Y en Francia, con Carolingios, Capetos o “Valois”. Y en Inglaterra, Rusia, Alemania o donde sea. Y quien de ello no se entera es que vive en la luna de Valencia, la luna del despiste, la luna corrompida y disfrazada de fidelidades nacionales, himnos y estandartes. ¡Qué asco¡

Y hoy seguimos con lo de siempre, y con más o menos disimulo. Es el poder el que va directo a lo suyo, con sus mandamases orgullosos dispuestos a llenarse los bolsillos o dispuestos a llenárselos a sus protectores, los que, entre bastidores, protegen, alientan o financian las empresas (bélicas o no) que les benefician. Y con intelectualotes y poetastros emotivamente estúpidos haciendo el ganso y orquestando la sangrienta burla. ¿Y la gente de a pie? Pues que gracias a los que la han (en parte) espabilado ha mejorado su vida, pero que sigue en gran manera adormecida y aletargada. Y por esto tontamente y todavía se moviliza apasionadamente cuando la incitan y excitan con los cuentos interesados de la fidelidad nacional, del “heroísmo”, de la integridad de la patria, de la bandera sacrosanta y el coñazo de las fanfarrias marciales.

Nos falta una nueva Internacional. Nos falta la Internacional de las gentes oprimidas, de las personas manipuladas, de las gentes sufridoras de Historia y estandartes desplegados. Nos falta la Internacional de las gentes honradas y dignas, de las gentes buenas y sencillas que se ganan el pan con el sudor que brota de sus frentes. Y que viven aquí o allá, en España, Mallorca, Francia, Marruecos o Etiopía. Nos falta una Internacional que rompa límites nacionales de reaccionarismo secular. Pero no deseamos una Internacional de belicosidad asesina, sino de concienciación colectiva para que se pare la farsa, la farsa constante que se ha burlado y se burla del pueblo haciéndolo carnaza para destripar en el combate. Hay que despertarse de mil sueños aletargadores. Hay que despertar de los engaños. Como éste de la patria o del patriotismo, el de la épica. O el de la religión. El de la religión que maneja dioses sanguinarios creados también para la movilización del fervor de los incautos. Hay que despertar. Porque ya está bien. Y porque son muchos los zorros. Y porque las personas decentes ya están hartas de que les tomen el pelo.

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