El vacío

2 Ago

Mallorca se llena de edificios y cemento y es verdad y no es un tópico. Es un hecho. Y Mallorca se llena de aviones y más aviones. Y de vehículos y más vehículos. Y de gentes y más gentes.

Pero no sólo Mallorca, sino todo dios anda llenando y llenando espacios hasta la saturación desbordante. Para esto están los Mercados, o sea, los templos de hoy en día. Y para esto están también los actuales sagrarios, es decir, los bancos, los que guardan las obleas consagradas del Dinero. Y se compra y se compra y se compra. Para llenar y desbordar el vaso.

¿Y el que no llena? Pues el que no llena es el desgraciado pobre del alma que dicen que vaga tirado por las cunetas de las autopistas del siglo nuestro del hastío y atiborramiento.

Y lo llenamos todo. Todo. Hasta el tiempo y sus medidas. Que para esto están también ellos, el tiempo y sus medidas: para racionalizar calculando meticulosamente las posibilidades aprovechables del almacenamiento sin pausa. Y hacemos lo necesario y lo innecesario hasta no dar cabida a un segundo siquiera de posible aburrimiento. Ahora toca trabajar, luego toca saltar o correr deportivamente, más tarde jugar al parchís, al póquer o a médicos. Seguidamente habrá que ver el telefilm cotidiano, más tarde  convendrá reunirse en tertulia competitiva con familiares, amigos, enemigos o lejanas amistades. A continuación toca atragantarse con noticias en aluvión precipitándose desde televisores. Después habrá que citarse con la chavala para llevársela precipitadamente al huerto para luego tener que encontrarnos con la otra, o acudir al gimnasio que nos fortalezca músculos y huesos. Y luego vendrá lo otro y lo otro.  Y luego, el otro luego que de paso al luego consiguiente. Y a continuación…

Lo básico está y estará siempre en lo imprescindiblemente imperante: en no dar cabida al vacío. Ni al vacío ni al silencio.

Y bien de mañana echarás mano a tu móvil parlanchín o rodarás el botón de la radio que te hable y te rodee circundándote con sus ritmos de estridencia dentellada. Y platicarás, chacharearás y chatearás y no pararás porque en el movimiento histérico radica también la negación del estaticismo del vacío.

Y así vas y así vamos. Con el corazón bombeando precipitado y continuando penosamente la histeria desbordante y colectiva de nuestro siglo XX o XXI. Continuando con el ruido. Con la precipitación. Con el acumulamiento. Acumulamiento de objetos, de currículo, de méritos evaluables, de historia y protagonismo más o menos relevante.

Y puestos a abarrotar, también saturamos la mente colmándola de conceptos y más conceptos. Y de pensamientos yendo y viniendo, retorciendo y retorciéndose, angustiando, asustando, amargando o ilusionando futuros de programación incierta en meta de proyección futura inacabable.

Es así. Acumulamos y llenamos.

Pero ya empezamos (¡y ya es hora¡) a percibir el error de la ruta estúpida. Empezamos a comprender que quizás es en el silencio donde se halla el retorno a la placidez de la casa y de la calma. En el silencio, precisamente. Y en el pararse. Y en el blanco limpio del vacío. En la vacuidad que puede que defina (¡mira por dónde¡) la esencialidad de nuestro existir y la propia existencia. Incluso la intergaláctica. Ahora nos percatamos en el oeste de lo que ya se intuía en el este: que la realidad es intrínsecamente vacío. Sólo vacío. Vacío gigantesco que no solamente reina entre estrellas y planetas, sino también entre núcleos y respectivos electrones. Es tanto en el átomo el espacio y tanta la  vibración o pura energía entre el propio núcleo y sus electrones circundantes que hasta podemos preguntarnos que dónde está  (si es que está) la llamada materia, la palpable protagonista del positivismo realista.

Por lo tanto, cuando llenamos ¿de qué llenamos lo que llenamos si hasta cado objeto puede que no sea nada más que nada? Nada fantasmagórica, velo de Maya, pero atormentadora pesadez tan asfixiante como la concatenación de abstracción mental en incansable encadenamiento.

Convendría retornar. Retornar no sé si al principio. O conquistar el inicio.

El inicio de un vivir calmado, tranquilo, de ondas suaves, de mar-espejo  de paz, de ausencias, ausencias incluso del “yo mismo”. El inicio de un mundo que es tan viejo y joven como la eternidad insondable del existir elemental: vacío ancho y amplio jugueteando y convirtiéndose en energía disfrazándose con las máscaras de la materia, esa materia engañosa que nos roba el encanto y el sueño.

En el vacío es donde hay todo el encanto. Incluso el de la posibilidad de llenarlo. Y está la paz. Y el silencio. Y la presencia de los ángeles. Es decir, los mensajeros de Dios, del Tao. O los sutiles mensajeros del Innombrable

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