Archivo | octubre, 2012

Profesores doctrinarios y sectarios: un mal asunto

31 Oct

En nuestra sociedad (no precisamente budista, taoísta o presocrática) se han formado (vía eclesiástica) mentalidades férreas ancladas en convicciones inamovibles.
Si antes era en centros religiosos donde se modelaban las personalidades rígidas, ahora es en escuelas, institutos y en muchas facultades universitarias. Es en estos centros donde se lleva a cabo una enseñanza doctrinal de carácter político, ideológico y lingüístico. Los maestros “misioneros” que lleva a cabo sus apostolados va directos a crear lo que ellos llaman personas “concienciadas”, pero que no son otra cosa que simplistas militantes de Causa, todos igualitos y fabricados en serie.
En pocas palabras, que si antes había muchos eclesiásticos, en los tiempos actuales los hay aun más, aunque no lleven sotana ni sepan ellos mismos que son lo que en realidad son: curitas, monjes y monjitas.
Pues bien, si deseamos que nuestra sociedad se convierta en occidental de una vez por todas, si queremos que se modernice en el racionalismo de las luces y abandone las tinieblas medievales, habrá que empezar a renovar nuestras escuelas más o menos coránicas (aunque sin el Corán musulmán, claro), y empezar la enseñanza que define Occidente y el sentido del progreso, es decir, la ENSEÑANZA CRÍTICA.
Enseñanza crítica significa educación ágil en los juegos de las ambivalencias, capacidad de discernir fríamente horizontes sin prejuicios establecidos, apuesta por las diversificaciones de pensamientos en confrontación constante. Y supone, sobre todo, no anclarse para nada en resoluciones prácticas o teóricas de modo definitivo.
El maestro o profesor crítico debe y tiene que aceptar que se cuestione incluso lo que él más ama, que circulen por sus aulas pluralidad de opiniones y que se favorezca la presentación (lógica, rigurosa y seria) de pensamientos diversos y antagónicos.
El profesor correcto no solamente no tiene que oponerse o silenciar a los que opinan diferente a él, sino que debe esforzarse incluso en hallar oponentes realmente efectivos a su propia línea de pensamiento.
La escuela libre es hoy imprescindible. Y sobre todo lo es porque la que tenemos es proselitista. Y con pretensiones de “progresista”. O sea, que apaga y vámonos.

YO, YO y YO

17 Oct

El egocéntrico solo piensa en sí mismo. Tiene tiempo de sobra para ello: come, bebe, está bajo techo y no tiene frío en invierno ni calor en verano. No es un paria que tenga que luchar duramente por la supervivencia. Por lo tanto, le sobran horas.
El ególatra no mira a los otros. Solo lo hace para responsabilizarlos de sus desdichas, más imaginarias que reales. Pero se las dibuja y alimenta con tal acierto que acaba creyéndoselas a pies juntillas. Contra tales desdichas (que lo hunden en la más pura histeria paranoica) se defiende de un modo muy especial: jamás fijándose en sus particulares errores. Jamás. Lo que lleva a cabo es una tarea incesante y sistemática de acusación, acusación contra los otros, contra los que dice que le martirizan, acorralan y destrozan sin piedad. Así que los males (más ficticios que reales) que padece el pobre egocéntrico son el resultado de la acción de los demás y jamás de sus propios fallos, que no existen. Por lo tanto el egocéntrico es cobarde por naturaleza.
El egocéntrico es un victimista modélico. Además, su victimismo alimenta su ego al máximo, hinchándolo hasta el paroxismo explosivo. Incluso llega a desembocar (o a entrar plenamente) en el puro masoquismo. Llega un momento en que necesita, urge y precisa de golpes adversos. Y reales. Solo así puede argumentar y argumentarse su situación de víctima acorralada. Y solo así puede justificarse posibles reacciones contra sus presuntos enemigos, enemigos que cuanto más fuertes cree que son más realzan sus propias demarcaciones personales a defender.
Hay muchos egocéntricos. Viven mal y hacen vivir mal a los que les rodean. Y cuando el egocentrismo se configura haciéndose colectivo, entonces está servida la desgracia, la desgracia total. Desde el fondo de la tribu que ha fomentado la idea del victimismo, surge pronto o tarde el miembro (o los miembros) que se erigen en libertadores, en redentores. Son los que están dispuestos al sacrificio y hasta a la autoinmolación para la “salvación” general. Pero más aun: también son los que están en pura predisposición para armar el gran conflicto de “liberación nacional”. Y es entonces, solo entonces, cuando puede empezar (y tantas veces empieza) la historia de una masacre. Y las masacres ya sabemos a qué acaban apestando: a sangre y a mierda. A vómito.

Manuel Fraga y Santiago Carrillo

3 Oct

No voy a ser yo quien me ponga a juzgar a las personas. A las personas que las juzguen los jueces, si saben. O que lo haga Dios, que lo conoce todo. Así que me voy a abstener de emitir opiniones sobre conductas de políticos concretos.

Desconozco con detalle el grado de fidelidad y colaboración de Manuel Fraga y de Santiago Carrillo con respecto al franquismo y al estalinismo respectivamente. Tampoco sé sobre sus compromisos en represiones o erróneas conductas en materia política. Pero sí hay algo que todos sabemos: que ambos supieron en un momento dado hacer concesiones y llegar a los pactos, los que son siempre la consecuencia de la práctica democrática.

Puede que en sus épocas juveniles (o hasta incluso en sus madureces), Fraga y Carrillo pecaran de falta de tacto e inteligencia para el ejercicio en la flexibilidad de la concordia, pero cuando llegó el momento decisivo de la Transición, estuvieron ambos a la altura de las circunstancias, posición que los redimió de muchos de sus posibles errores anteriores.

Intento decir con todo ello que estos dos políticos fueron (y son sobre todo ahora), un ejemplo a seguir para los que, incapaces de ceder, pretenden conseguirlo todo, a la vez y al ciento por ciento, en todas sus dimensiones.

Democracia es antes que nada capacidad para el pacto, este pacto tantas veces insatisfactorio pero siempre imprescindible para no desembocar en situaciones de conflictividad social. O de guerra civil. Ser demócrata es haber llegado a la convicción de que no hay, precisamente, convicciones totalmente irrenunciables. Y éstas no existen porque en todo hay (o puede haber) verdad y, al mismo tiempo,  mentira.

Lo contrario a la mentalidad abierta es la visión cerrada, la del que no quiere, ni sabe, ni puede ceder en nada por estar encastillado en su ignorancia simplista, en su mala fe o en su radicalismo pueril.

Toda sociedad que pretenda vivir en paz necesita muchas cosas. Y, entre ellas, personas inteligentes y alejadas de infantilismos peligrosos. Y necesita buenas escuelas, escuelas formadoras de espíritus libres, no de militantes doctrinarios.

Me temo que el camino democrático hoy lo llevamos algo perdido. Nos sobran niñatos tontos e irresponsables (niñatos, sí, aunque sean cincuentones y lleven corbata). Y nos faltan hombres prudentes y sabios. Hombres de verdad.