Archivo | junio, 2012

¡Desnacionalicemos Europa ¡

27 Jun

Europa tiene muchos enemigos. Y no precisamente en el exterior de su ámbito configurativo, sino dentro de sus propias fronteras. Son  muchos los que, con sus posturas ideológicas particularistas, aborrecen de la amplitud del espacio europeo, este espacio que, a mi modo de ver, nos es la garantía contra los monstruos que asolaron nuestras historias en los últimos siglos.

Es la ignorancia, el irracionalismo y la mala formación política y social lo que impulsa la aparición de fanáticos obsesivos, se llamen éstos Breivik (el de la masacre de la isla de Utoya) o Nikos Mihaloliakos, el fundador y líder del partido neonazi “Amanecer dorado”, en Grecia. Hace dos días, escuché a este ultraderechista en una televisión francesa. Abogaba entusiasmado por una “Europa de las naciones” y defendía la expulsión de inmigrantes, alegando que “en las cárceles griegas no hay griegos sino solo extranjeros”. También por estas nuestras latitudes he oído yo formulaciones parecidas a las de este señor griego. Y muchas veces.

No, no es en la Europa de las naciones (ni en la Europa de los Estados) donde encontraremos la salida de los túneles negros. La encontraremos solamente en la EUROPA DE LAS PERSONAS. Y en los postulados de la CIUDADANÍA, los que se articulan a partir del reconocimiento del individuo como cosa sagrada y más allá de religiones, etnias, sexos, lenguas o historias.

No cabe duda que la CIUDADANÍA europea es toda una realidad poco consolidada aún. Su crecimiento y progreso pasa por trascender los límites puramente económico-financieros. Y por hacer comprender a las gentes que hay realidades mucho más importantes que las demarcaciones, lingüísticas, culturales, étnicas o históricas.

Lo básico estaría en hacer entender que, en este mundo nuestro de incertidumbres y gente desquiciada, precisamos de una Europa que desarrolle un “sentido de pertenencia” basado en la defensa y protección de las libertades del individuo (siempre amenazado por los colectivismos) y de los derechos humanos.

Las escuelas, institutos y universidades deberían llevar a término esta labor pedagógica a favor de una Europa libre. Pero, ¿lo están haciendo? Pues a mí me da la impresión que están haciendo, precisamente, todo lo contrario.

Cada uno va a lo suyo

13 Jun

Nos falta un proyecto social compartido con fe, devoción y entusiasmo. Esta carencia de empresa conjunta nos está haciendo un daño enorme. Es el daño que sufrimos y que arrastramos desde el pasado, el que nos hunde en constantes crisis y enfrentamientos civiles, los que tiñen de sangre esta tierra dura y torpe que no aprende nada de nada de la historia, historia leída siempre pésimamente y más en sentido alentador de revanchas que como lección rigurosa a tener en cuenta.

Y somos, además, tan rematadamente imbéciles que desbaratamos incluso lo que pueda marchar regularmente bien a fin de engrandecer todavía más los zafarranchos, ante todo si es para fastidiar a quienes guardan en sus corazones todavía un mínimo de esperanzas.

Por esto nadie tiene fe ni se fía de nadie. Y, para más remate, tenemos estos individualismos tribales llamados “nacionalismos” y que no son otra cosa que egocentrismos colectivistas que encierran todos los defectos de las patologías de los ególatras.

Y es en estos individualismos colectivos (de rechazo al vecino, al multiculturalismo y al internacionalismo) donde se instalan las bases ideológicas de los estatismos recibidos por vía clerical o eclesiástica. De las inmanencias esenciales escolásticas se pasa muy fácilmente y sin percatarse a las ideas de las esencias inmutables de los nacionalismos, estas que se basan en las “purezas” raciales, culturales o lingüísticas. O en la “personalidad colectiva de los pueblos”, en la “identidad común”, en el “valor de la mitificación histórica”, en la sacralización de las simbologías (empezando por los idiomas y acabando en las simples insignias), etc., es decir, todo aquello que constituye el corpus doctrinal de las extremas derechas españolas, francesas, alemanas, rusas o, en tono menor, las catalanas o vascas, aunque estas últimas se engañen a sí mismas creyéndose que son (por haber sido combatidas por el franquismo) de “izquierdas”.

Que no extrañe a nadie, por consiguiente, que los más fervorosos partidarios de las ideas férreas en materia de contundencia ideológica hayan bebido, en su infancia o juventud, en fuentes clericales de seminarios, sacristías o monasterios. Es lo lógico. Son los que siguen en la misma ruta de siempre, aunque habiendo cambiado solo de dioses.

Pero a lo que íbamos: que tirando cada cual por su lado se va solo al precipicio. Nos hace falta flexibilidad mental, regeneración cultural y décadas y más décadas para rectificar caminos. O sea, que el esfuerzo es simplemente descomunal.