Archivo | octubre, 2007

Fanáticos

3 Oct

“¿Que quiénes son los fanáticos? Pues los fanáticos son los otros. Siempre los otros. Yo, evidentemente, no lo soy, ni nunca lo he sido.” Esto sería lo que nos contestaría más de uno si se lo preguntáramos. Y lo contestaría así porque nadie en absoluto cree considerarse a sí mismo fanático. Nadie se lo cree. El término de fanático se guarda para aplicarlo a los otros o a ciertos personajes de fuera, ajenos a nuestra propia realidad. Nunca sirve para la autoaplicación personal.

Decimos que Hitler era un fanático. O que lo era Stalin. O que lo es Osama bin Laden. Pero si preguntáramos, o hubiéramos preguntado, a cada uno de estos sujetos lo que cada uno de ellos se consideraba a sí mismo, nos habrían contestado que nadie más que ellos estaba (o están) en el punto exacto de la sensatez  ideológica, psicológica y personal.

Ante tal situación, y para evitar, y evitarnos, males,  sería bueno que también nosotros intentáramos en algún momento hacernos también la pregunta, y contestarnos sinceramente. Pero para ello convendría partir antes de la base de aquello a lo que objetivamente y lingüísticamente se considera ser fanático. Y para ello cojo el diccionario y transcribo la definición de fanático: “Persona que defiende apasionadamente una determinada causa o creencia y se enfrenta con violencia a otras”.

Y es en este momento cuando hay que reconocer que quien más quien menos en algún periodo de su vida habrá defendido “apasionadamente una determinada causa y creencia”. Y puede que hasta haya recibido premios por ello. La causa defendida podrá haber sido  religiosa, política o social. Pero también puede que haya sido una causa de carácter lingüístico, estético e incluso científico. Y también habrá de reconocerse que en muchos casos se habrá luchado por tal  o cual causa “con violencia”,sí, con violencia, sobre todo siendo conscientes que la violencia no es sólo física. La violencia  ya sabemos que puede ser verbal y psicológica. Y entre todos estos tipos de violencia sabemos que hay violencias que pueden ser muy finamente sutiles, tan sutiles que pueden herir con la precisión y eficacia de un cuchillito bien afilado. Se puede agredir a alguien  (en defensa de una causa) mediante la reducción de este alguien al ostracismo, a su defenestración, a su simplificación adjetival, a su reducción total o a la nada. O utilizando, en su contra, la mentira, la calumnia o  la falsificación más burda y mezquina.

Por lo tanto sí que conviene que todos meditemos sobre nuestro posible fanatismo. Y más aun si este escrito que estamos leyendo ahora mismo nos inoportuna o nos pone algo o muy nerviosos, porque esto significará que nos sentimos aludidos de algún modo y no nos interesa un enfrentamiento personal con nuestro intocable ego, éste ego tan lleno de soberbia y que tanto nos perjudica.

Desde el momento que un fanático es consciente (aunque sólo lo sea en parte) de que el fanatismo forma parte de su actuación, o de sus actitudes y pensamientos, desde este momento, es cuando se está en vías de rectificación, rectificación imprescindible para evitar males contra semejantes. Por esta razón es sano y saludable que sepamos lo que somos, lo que decimos, sentimos y vivimos: porque de nuestras actitudes se derivan consecuentemente toda una cadena de hechos que pueden ser poco convenientes, o hasta nefastos, para los que nos rodean. Y más aun si somos políticos, periodistas, escritores, profesores o gentes en contactos con mayorías.

Hay que saber lo que es un fanático. Es un fanático quien está absolutamente convencido de poseer la razón total, y está radicalmente seguro de que los demás, que no piensan como él, no solamente van equivocados, sino que, con sus convicciones, están obstaculizando la buena marcha de la ideología “adecuada”, “conveniente” y “acertada”.

Es un fanático el que en su mente se dibuja la figura de los que no razonan como él como la imagen de seres despreciables, ignorantes, obtusos, mal intencionados o imperfectos. Es fanático quien en nombre de su verdad y en función de la simplificación mental que hace del adversario, actúa en consecuencia atacando al discrepante (que concibe como “enemigo”) de maneras ostentosamente crueles o sutilmente disimuladas. Es fanático el que no acepta la más mínima objeción a su modo de pensar porque tal objeción le resulta incomoda, lo crispa, lo saca de sus casillas. Es fanático quien hace disimuladamente zancadilla tras zancadilla a los que, en hipócrita exhibición, ofrece la mano en público y frente a espectadores. Es fanático el que desprecia y aborrece a personas a causa de sus conceptos hasta tal punto que se ciega aun más de lo que ya lo está, y decide quitarles a estas personas incluso el atributo de “personas”. Es fanático el que en nombre de la santidad de su verdad ha entrado de lleno en el callejón del odio, del puro odio, porque es el odio el templo de morada de cualquier fanático. Es fanático el victimista paranoico queinsulta, ataca, aborrece, desprecia o hasta mata y aniquila al que no forma parte de su bando.

Pues bien, hay que ser despiadadamente sinceros y reconocer que quien más quien menos ha sido algo fanático en algún momento de su vida. Y hay que reconocer que son muchos los que todavía son fanáticos y  lo seguirán siendo por mucho tiempo. Y seguirán, por lo tanto, haciendo daño, mucho daño.

En realidad a estos fanáticos tan malos de curar, les falta algo básico: la inteligencia necesaria para ver que toda causa, toda idea (política, lingüística, social, etc.) es solo esto: una causa, una idea, es decir, una abstracción mental, una teorización, un esquema ideológico que carece de cuerpo y alma, o sea, de algo cuya ausencia nunca y bajo ningún aspecto  hará a estas abstracciones algo tan importante como la concreción de un hombre o una mujer, de este hombre y esta mujer que te encuentras en la calle, en el mercado, en tu casa y que son  lo más sagrado que existe en la vida.

¿Qué convendría hacer para que estos fanáticos rectificaran sus caminos? Sólo se nos ocurre un remedio: el de hacerles conscientes de que su problema básico es en el fondo un problema psicológico. Un problema que habría que resolver a base de autoanálisis, de humildad y de potenciación de una inteligencia que, por desgracia, a veces no puede expandirse más allá de sus propios límites.

De todos modos, importante es pensar y recapacitar sobre el tema. Todos podemos ser fanáticos. Y es facilísimo caer en las trampas y peligros del fanatismo. Ser conscientes de ello es básico. Y es también el primer paso para las rectificaciones necesarias. Las imprescindibles.