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La tentación totalitaria

18 May

Es facilísimo caer en la tentación totalitaria. Basta partir de la certeza rotunda de que uno tiene razón.

En realidad abundan los que creen tener la razón total, la que luego pretenden imponer a toda costa construyendo una pirámide axiológica de valores en función de ella. Con estas personas el peligro está  servido.

Poco importa el grado de nobleza de la verdad que sea. Lo importante está en el grado de obsesión que mueve a sus servidores. Si esta obsesión es intensa o compulsiva (algo que nunca perciben como tal los que la sufren), entonces las posibilidades de desencadenar el desastre son altísimas. Basta comprobar como incluso en nombre de la verdad del propio “amor” se ha perseguido, marginado, torturado, despreciado, calumniado y asesinado. Así que por “amor” se ha odiado, lo cual es algo no ya paradójico sino demencial.

Pero no solamente hemos presenciado a cristianos masacrando, o masacrándose, por su especial interpretación de la verdad del “amor”. Otros, y en mayor o menor grado, han hecho cosas parecidas. ¡Cuántos nazionalistas alemanes debieron creer firmemente y de todo corazón que actuaban debidamente al servicio de Alemania cuando operaban sus acciones contra los enemigos que veían por doquier¡ ¿Quién duda que los comunistas que cometieron barbaridades en su lucha por un mundo sin opresiones iban impulsados por nobles ideales? ¿O no se debieron también ver como “salvadores de la patria” y de la religión muchos españoles que dispararon sus fusiles contra los que creían malvados en la conocida “santa cruzada” de 1936?

Al verse una verdad como absoluta es cuando sus defensores te preguntan que “para qué la libertad”, si todo está ya claro. Por esto ven la libertad como peligrosa, como entorpecedora de la buena marcha hacia los objetivos establecidos. La ven como el espacio en el que pueden surgir las opiniones o acciones “absurdas”, “maliciosas” o “contraproducentes”. Es decir, “peligrosas”. De ahí que, por lo tanto, “si no estás con nosotros, estás contra nosotros”, dirán y pensarán.

Incluso hoy, y dentro de nuestra sociedad “democrática”, proliferan las actitudes totalitarias, así como la falta de tolerancia con el discrepante debido a la mala educación que hemos recibido: la doctrinal y nunca crítica. Lo constatamos a diario. Por ejemplo cuando vemos personas que procuran hablar silenciosamente de según qué temas o que evitan comprometerse con opiniones que les puedan perjudicar.

Y es que hay que comprenderlo. No basta con llevar una cruz gamada pegada en lo alto del brazo para ser un totalitario. Se es totalitario cuando, con la excusa de formar una piña en pro de una causa, se aborrece u odia a los que, desde otras posiciones, le presentan discrepancia.¡Cuántos que se consideran antifascistas, por lo tanto, actúan de hecho como puros fascistas¡

Falta tolerancia, comprensión e inteligencia. Falta saber que nuestros mundanos dioses (ideologías, concepciones políticas o religiosas, militancias en defensa de causas santas, de sistemas simbólicos, lenguas o banderas) han de convivir con otros dioses igualmente adorados por otros. Y hay que entender que en ningún caso ninguno de estos dioses tiene que ser tan excepcionalmente sacralizado como para justificar el más mínimo atropello (ni siquiera psicológico) contra ninguna persona.

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La Segunda República

14 Abr

Al principio todo debió ser muy bonito, con ilusión y buenas intenciones. Como cuando en los años setenta tuvimos nosotros la transición hacia la democracia. Pero luego ocurrió lo que inevitablemente tenía que ocurrir, porque la sociedad española estaba entonces de luto. Desde siglos atrás estaba de luto. Sí, de luto y de negro total, entre rezos, lamentos y procesiones interminables. Y sometidos todos bajo púlpitos sin razón ni raciocinio. Y alejados de pensamientos libres en búsqueda de investigaciones y ciencias. Y comulgando de emotividades cerradas, sin sol, ni aire, ni cielo abierto.

La vieja, dura, carcomida e injusta España de entonces seguía cerrando filas con sus cardenales y generales al servicio del pasado. Excesivos intereses y podredumbres le cerraban el paso a las luces. Y aquella España miserable, de alpargata, andaba sin rumbo claro, analfabeta a su pesar, manoseada y manipulada por los estúpidos, por los fanáticos de soluciones fáciles y rotundas a vuelta de una esquina inexistente de salvación real, tajante y rápida. Y andaba España con el mundo de entonces acompañándola, un mundo también herido, en pugna, un mundo que se aprovechaba de nuestra ignorancia y ancestral incultura. Por esto, como torpes muñecos desgraciados, fueron los españolitos de entonces manipulados por los intereses de los monstruos: los de las cruces gamadas y los de las hoces y martillos contundentes.

Arrastrados por los fanatismos de falsos paraísos al alcance de la mano, así iban ellos, los directivos de los zafarranchos de combate. Y sacando de sus ubres malvadas la mala leche agria desde siglos atrás acumulada. Y mientras tanto, ella, la pobre, la Señora República, iría siendo zarandeada sin cesar por zorros, aprovechados y depredadores salvajes. Y traicionada por los que, invocándola e izándola al principio como emblema, luego la menospreciarían por liberal, burguesa y democráticamente “formal”. Sí, ella, la Señora República, aquella en la que, de hecho, no creían ni los señores de las tierras, ni los arcaicos militares, ni las sotanas asfixiantes, ni los socialistas marxistas, ni los comunistas de dictaduras proletarias, ni los anarcosindicalistas revolucionarios, ni los fascistas de mano levantada, ni los patriotas de las patrias en segregación desde las esquinas periféricas. Todos se mofaron a su modo y antojo de la República, de la Señora y desgraciada República, la que ahora todos evocan tal y como nunca fue y desde un hipócrita y falso amor, sin rubor ni vergüenza.

La memoria histórica, dicen. Sí. Para renacer en la confrontación de los idiotas. Realmente somos lo que somos. Todavía. Una sociedad triste. Esencial y radicalmente estúpida. Que no rectifica ni aprende nada de nada. Que sigue en sus trece. Y con sus mentes calientes, sin sentido, ni apertura ni lógica alguna. Y sin sincerarse jamás. Sin sincerarse de una vez y por todas sobre lo que se fue y se es.

Lamentablemente nos faltan muchas cosas. Y, entre ellas, la decencia. La decencia que, solo ella, podría salvarnos el alma.