Archivo | enero, 2013

¡Es indignante!

23 Ene

Es tan indignante como increíble. Cuesta creer lo que realmente sucede con respecto a la corrupción.

Y lo peor no es que la tengamos ahí presente, sino que hasta se relativice su importancia o se la acepte como algo simplemente “normal”. O que hasta se diga que no conviene abordarla de frente para así no desprestigiar a ciertos estamentos. Cuando hubo el caso Palau, el del señor Millet, me quedé atónito al escuchar en una entrevista televisiva a Jordi Pujol diciendo que no convenía “tirar de la manta” posibles casos de corrupción a fin de no desgastar la imagen de los políticos. Me quedé tan estupefacto ante lo que estaba oyendo que no daba crédito a lo que oía.

Hemos llegado hasta el punto de que un partido incluso reconoce públicamente haberse apropiado de dinero ajeno. Y lo hace para así evitar la prisión a ciertos individuos de su formación. Se acepta la confesión, se devuelve parte del dinero robado y punto y santas pascual. Ni dimisiones, ni protestas, ni escándalos mayúsculos. Impunidad absoluta.

Se roba y se estafa a las claras desde todos los ámbitos. Se acumulan fantásticas fortunas en breves periodos de tiempo sin que nada se investigue, se montan tinglados fraudulentos con todo descaro, se llevan ingentes sumas de dinero a paraísos fiscales aceptados y reconocidos y, mientras, se vive una situación de crisis que lleva a la desesperación a millones de personas en un país, el nuestro, que es un absoluto gallinero de desfachatez y sin sentido.

¡Y pensar que muchos de los desvergonzados del actual panorama debieron seguramente en su día (allá por los años sesenta o setenta) ser de los que clamaban contra las injusticias de Franco¡  ¡Y pensar en aquellos jovencitos de entonces y su cambio hacia la fetidez de la ignominia presente¡ Realmente están sucediendo cosas increíbles. Y todo ello en medio de una política sin realismo y embarcada muchas veces en delirios liosos e  innecesarios de niñitos bien.

En efecto vivimos tiempos muy peligrosos. Tiempos indignantes. Tiempos que pueden arrastrarnos a situaciones límite de confusión total en la desgracia. De seguir así, esto acabará mal. Muy mal. Y, como siempre, los que pagarán los platos rotos serán los más inocentes. Como sucedió en 1936.

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La obligación del escritor

9 Ene

Uno de los rasgos más característicos de los tiempos contemporáneos es la hipocresía generalizada.

La hipocresía está tan íntimamente dentro del interior medular de muchos actores sociales que éstos ni son siquiera conscientes de la propia falsedad que practican constantemente a través de sus palabras o actuaciones. Por lo tanto hay hipócritas conscientes de que son hipócritas.  Pero los hay que siéndolo no lo saben y por esto se consideran la pura encarnación de la rectitud sin límites.

“El escritor tiene la obligación de oponerse al poder” nos dicen algunos de estos farsantes del cuento. Que hay que oponerse al poder, nos predican. Sí, claro, al poder, pero lo que no especifican es a qué clase de poder. De hecho lo que piden es la oposición al poder hacia el que ellos, desde su especial situación ideológica,  están en contra. O sea, que están haciendo lo que todos: combatir al adversario. Pero para nada desean el combate contra los que están en sus propias filas y que, en la esfera que sea, tienen su especial poder. A éstos no hay que tocarlos para nada.

Hay mucho parlanchín estafador por el mundo, sin duda alguna. Son los parlanchines mojigatos y fariseos que desde su supuesta pureza nos quieren aleccionar en la lucha contra el poder del que abominan, pero nunca contra los otros posibles poderes: aquellos con los que ellos están comprometidos o hacia los que sienten admiración. O de los que sacan su provecho. O incluso prestigio o relevancia.

Podríamos hacer listas de escritores conocidos que se han visto encumbrados por sus fidelidades a determinados posicionamientos políticos y jugando las cartas contra lo que ellos llamaban, o llaman, “el poder”,  pero acatando al mismo tiempo otros poderes tan nefastos,  o más, que aquellos por ellos combatidos.

Demasiados escritores buscan anhelantes el reconocimiento. Y saben dónde y cómo conseguirlo: con su adscripción al bando que les conviene. O con la fidelidad a su propio grupo tribal, encarnación siempre de lo excelso o excelente. O sea, que tenemos la hipocresía de siempre, esta gran reina absoluta (y fea) de nuestros tiempos actuales.