Archivo | diciembre, 2011

Las “excelencias” de la Mallorca tradicional

14 Dic

Aunque la autocrítica no guste, es imprescindible practicarla para avanzar decentemente. Y hay que ejercerla sin auto-odio, de acuerdo,  pero con sinceridad, con valentía.

Digo lo que digo pensando en la tan frecuente mitificación de la Mallorca tradicional, aquella que según los puristas encierra los sagrados valores.

Acepto que sí, que muchas cosas interesantes debió tener el pasado mallorquín. Pero no seamos ni ciegos ni falsos ni hipócritas y reconozcamos que la Mallorca de antes tuvo sus defectos, unos defectos que no la hacen precisamente ejemplar para nada ni en modo alguno.

Basta recordar el trato con el que la mayoría de la población isleña  trató a los llamados xuetes. Hasta hace muy poco la discriminación hacia estas gentes ha sido vergonzosa, propia de un racismo claro, duro y puro. El hecho de que tuvieran que verse forzados a practicar la endogamia es una muestra del  general del que fueron objeto. Es el rechazo que un considerable porcentaje de la población autóctona “de raíz” ejerce todavía. Reconozcamos que Mallorca ha sido esencialmente racista. Lo fueron mis abuelos, mis bisabuelos y tatarabuelos. Y los tuyos. Y los de los otros también. Y fueron racistas sin ser capaces de reconocérselo. No se comprende, por lo tanto, que ahora haya xuetes defensores a ultranza de la “esencialidad” mallorquina, esta que tanto les perjudicó humillándolos hasta lo indecible. Fue el turismo y los nuevos tiempos “desnaturalizadores” y la llegada de gentes diversas lo que ha ido liberando del suplicio a los xuetes. Es decir, la llegada de la diversificación, con el mestizaje racial y cultural.

Que no nos venga nadie, pues, exaltando un pasado mítico como paradisíaco, aquel pasado de estamentos estancos, con xuetes oprimidos. Y también con pequeños aristócratas o “botifarres” altaneros, los que ignoraban a los que, trabajando duro para ellos, malvivían como podían. Y que no nos vengan tampoco con aquella Mallorca de población pobre y controlada secularmente, sin libertad, con prejuicios oscurantistas y frenada por conductas paralizantes.

La Mallorca tradicional realmente asfixiaba. Era lo que era: una mala lápida encima de todos. Una muy mala lápida. Y, sobre todo, encima de las mentes abiertas. ¿Para qué, pues, intentar recuperarla? Era peste. O la reminiscencia de una época medieval despreciable. O sea, algo rotundamente rechazable.