Archivo | febrero, 2012

¡Sálvese quien pueda¡

8 Feb

Pues sí, que sálvese quien pueda. Y sin nada de escrúpulos. De esto se trata hoy en día, y sin que sea necesario que el barco esté a punto de naufragio. Aquí se salva quien puede. Y nada de que los niños y los ancianos, los primeros. ¡Que se las apañen éstos¡ ¡Y que se las apañen los otros y todo dios viviente¡ Aquí me salvo yo y punto. Y hasta cargándome a la propia familia si conviene a mis propios y exclusivos beneficios.

¿Qué siempre así ha sido? ¿Qué los tiempos no cambian y esto es sencillamente lo que siempre fue: una selva de desesperados? Pues no lo sé. Ni idea, porque yo no he vivido más que ahora. Es este ahora del presente actual, crudo y miserable, el de los que han perdido la fe en cualquier trascendencia. O en la fe en un mundo con sentido.

La verdad es que a muchos se les ha muerto Dios. Y con él se les murió hasta tal punto la esperanza y la posibilidad de continuación más allá de toda dimensión física, que van literalmente a la desesperada. Al puro asalto. Y de modo atropellado, además, porque ya se sabe, “que se nos va la Pascua, mozas, que se nos va la Pascua” y que hay que exprimir la naranja del momento hasta la última gota posible y hasta atrapando gotas de donde las haya, incluso en los dominios ajenos del prójimo y del vecino. Y así se va hoy, atropellándose quien sea, expoliándose y hasta dejándose atrás montones de cadáveres corporales o espirituales.

¿Y qué de la ética o la moral basada en la compasión? Si a muchos se les fue la moral religiosa, ¿les quedó, sin embargo, la otra moral, la basada en el amor real y verdadero? Pues sí que les quedó y les queda a muchos. Es la moral de los que han sufrido duro, hasta tal punto que sienten en sus propias entrañas el dolor ajeno a partir de la comunión de sentimientos. Es la moral basada en la estimación honda, la de las personas plenas de caridad hacia quienes navegan en el mismo navío, el de una Tierra aparentemente a la deriva en el inmenso mar espacio-temporal del misterio.

Hay muchas personas que, efectivamente, van a lo suyo. Sin contemplaciones. Con el caiga quien caiga. Y sin piedad ni compasión alguna.

Pero están, sí, también, los otros. Los que valen. Los que, después de tantos y tantos vendavales y naufragios, se mantienen digna y firmemente  en el puente de mando de sus vidas. Ellos son la floración del consuelo. La dignidad erguida. La esperanza sobreponiéndose al pesimismo de estos últimos siglos, el descarnado en el más puro materialismo: el que acuchilló al mundo con una formulación teórica tan discutible como cualquier otra, pero que dejó a muchos desnudos en el existencialismo de la total intemperie.

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