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YO, YO y YO

17 Oct

El egocéntrico solo piensa en sí mismo. Tiene tiempo de sobra para ello: come, bebe, está bajo techo y no tiene frío en invierno ni calor en verano. No es un paria que tenga que luchar duramente por la supervivencia. Por lo tanto, le sobran horas.
El ególatra no mira a los otros. Solo lo hace para responsabilizarlos de sus desdichas, más imaginarias que reales. Pero se las dibuja y alimenta con tal acierto que acaba creyéndoselas a pies juntillas. Contra tales desdichas (que lo hunden en la más pura histeria paranoica) se defiende de un modo muy especial: jamás fijándose en sus particulares errores. Jamás. Lo que lleva a cabo es una tarea incesante y sistemática de acusación, acusación contra los otros, contra los que dice que le martirizan, acorralan y destrozan sin piedad. Así que los males (más ficticios que reales) que padece el pobre egocéntrico son el resultado de la acción de los demás y jamás de sus propios fallos, que no existen. Por lo tanto el egocéntrico es cobarde por naturaleza.
El egocéntrico es un victimista modélico. Además, su victimismo alimenta su ego al máximo, hinchándolo hasta el paroxismo explosivo. Incluso llega a desembocar (o a entrar plenamente) en el puro masoquismo. Llega un momento en que necesita, urge y precisa de golpes adversos. Y reales. Solo así puede argumentar y argumentarse su situación de víctima acorralada. Y solo así puede justificarse posibles reacciones contra sus presuntos enemigos, enemigos que cuanto más fuertes cree que son más realzan sus propias demarcaciones personales a defender.
Hay muchos egocéntricos. Viven mal y hacen vivir mal a los que les rodean. Y cuando el egocentrismo se configura haciéndose colectivo, entonces está servida la desgracia, la desgracia total. Desde el fondo de la tribu que ha fomentado la idea del victimismo, surge pronto o tarde el miembro (o los miembros) que se erigen en libertadores, en redentores. Son los que están dispuestos al sacrificio y hasta a la autoinmolación para la “salvación” general. Pero más aun: también son los que están en pura predisposición para armar el gran conflicto de “liberación nacional”. Y es entonces, solo entonces, cuando puede empezar (y tantas veces empieza) la historia de una masacre. Y las masacres ya sabemos a qué acaban apestando: a sangre y a mierda. A vómito.