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Manuel Fraga y Santiago Carrillo

3 Oct

No voy a ser yo quien me ponga a juzgar a las personas. A las personas que las juzguen los jueces, si saben. O que lo haga Dios, que lo conoce todo. Así que me voy a abstener de emitir opiniones sobre conductas de políticos concretos.

Desconozco con detalle el grado de fidelidad y colaboración de Manuel Fraga y de Santiago Carrillo con respecto al franquismo y al estalinismo respectivamente. Tampoco sé sobre sus compromisos en represiones o erróneas conductas en materia política. Pero sí hay algo que todos sabemos: que ambos supieron en un momento dado hacer concesiones y llegar a los pactos, los que son siempre la consecuencia de la práctica democrática.

Puede que en sus épocas juveniles (o hasta incluso en sus madureces), Fraga y Carrillo pecaran de falta de tacto e inteligencia para el ejercicio en la flexibilidad de la concordia, pero cuando llegó el momento decisivo de la Transición, estuvieron ambos a la altura de las circunstancias, posición que los redimió de muchos de sus posibles errores anteriores.

Intento decir con todo ello que estos dos políticos fueron (y son sobre todo ahora), un ejemplo a seguir para los que, incapaces de ceder, pretenden conseguirlo todo, a la vez y al ciento por ciento, en todas sus dimensiones.

Democracia es antes que nada capacidad para el pacto, este pacto tantas veces insatisfactorio pero siempre imprescindible para no desembocar en situaciones de conflictividad social. O de guerra civil. Ser demócrata es haber llegado a la convicción de que no hay, precisamente, convicciones totalmente irrenunciables. Y éstas no existen porque en todo hay (o puede haber) verdad y, al mismo tiempo,  mentira.

Lo contrario a la mentalidad abierta es la visión cerrada, la del que no quiere, ni sabe, ni puede ceder en nada por estar encastillado en su ignorancia simplista, en su mala fe o en su radicalismo pueril.

Toda sociedad que pretenda vivir en paz necesita muchas cosas. Y, entre ellas, personas inteligentes y alejadas de infantilismos peligrosos. Y necesita buenas escuelas, escuelas formadoras de espíritus libres, no de militantes doctrinarios.

Me temo que el camino democrático hoy lo llevamos algo perdido. Nos sobran niñatos tontos e irresponsables (niñatos, sí, aunque sean cincuentones y lleven corbata). Y nos faltan hombres prudentes y sabios. Hombres de verdad.