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La vida como lucha

22 Ago

Qué cuento que llevamos a cuestas. Basta ver hasta qué punto estamos aburguesados en la buena vida, esperando que sea del cielo protector administrativo o bancario de donde nos caiga el maná milagroso.

En nuestra sociedad hispano-ibérica, hemos pasado de las épocas de ascetismo duro a las actuales, en las que solo los placeres y comodidades han sido aceptables. Y ahí hemos tenido a las juventudes educadas en las facilidades de los estudios sin estudio, en las disciplinas sin normas, en las obediencias inexistentes sin respuesta alguna, en el orden sin pautas ni concierto o en el cultivo del lamento victimista como resorte hacia la ganancia y el triunfo.

Todos hemos pedido lo imposible. Hasta tal punto que, si por una de aquellas imposibilidades absurdas, se nos despertara un viejo abuelo o bisabuelo de su sueño eterno, lo que haría el tío sería escandalizarse hasta el extremo, debido al grado de decadencia ridícula a la que hemos llegado.

Hemos vivido como reyes. Y muchos como emperadores (como siguen todavía viviendo). Y con esclavos proletarios (negros, moros, sudamericanos o asiáticos) dispuestos a servirnos en tareas ya irrealizables por nosotros.

Pues bien, así nos vería el bisabuelo resucitado: como lo que posiblemente somos: niñitos mimados con rabietas constantes cuando nuestros caprichos no son atendidos. Y protegidos vamos todos con teorías pseudoprogresistas y justificadoras para autoengañarnos en la mentira.

Pero nos ha llegado ahora el primer mazazo del castigo. O la primera advertencia. Y después de años de vivir de la renta de los préstamos de los que todos creíamos beneficiarnos: individuos, administraciones y hasta los propios bancos. Llegó el primer recordatorio. El primero porque otros se irán sucediendo detrás y en el tiempo. Es el recordatorio de que la vida es esencialmente dura. Es incluso, a veces, despiadadamente dura. Es pura lucha biológica y sin contemplación de ningún tipo.

Podemos estar aletargados. Tenemos derecho a estarlo. Pero el pago de la factura de nuestro ensimismamiento en el sueño del desarraigo vital puede ser tan alto que nunca podamos ya pagarlo.

Y todo ello frente a unos pueblos (los negros, los moros, los sudamericanos o los asiáticos) que, desde su mentalidad y ejercicio de lucha feroz y constante, nada saben de cuentos, bobadas o historias tontas.