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Sexo

21 Mar

La vida se empeña en perpetuarse. Por esto ha instalado el placer como recurso para sus fines. Comemos con gusto porque, si no fuera así, no pegaríamos bocado y nos iríamos al otro barrio. Y también copulamos con deleite porque, de lo contrario, abandonaríamos la práctica unitiva. Y se acabaría la especie.

Esto es lo que ocurre. Pero en nuestro mundo ibérico las cosas van trastornadas. Y así ocurre que, en tiempos no muy lejanos, nos predicaban que  a las mozas exuberantes teníamos que contemplarlas como a frías y simples estatuas. O nos decían, también, que al faenar en la tarea procreadora lo teníamos que hacer procurando no sentir placer alguno porque, de sentirlo, pecábamos. ¿Que cómo era posible llevar a cabo tal misión imposible? Ni idea. Pero sí, se exigía que al pajarito particular lo despegara cada cual por arte de pura magia.

No obstante ahora los tiempos han cambiado. ¿Y qué ha ocurrido? Ha ocurrido el bandazo total al extremo opuesto. Si antes el sexo era solo para procrear, ahora sirve para todo menos para ello. Asociar sexualidad con procreación suena ya a dura y pura posición conservadora.

Como resultado de la nueva actitud, en estos momentos cualquier práctica sexual es considerada absolutamente “normal”. ¿Qué a uno le encanta copular irrefrenablemente con una gallina? Pues que nadie (absolutamente nadie) se atreva a ni siquiera sugerirle que tal comportamiento tiene algo de “anormalidad” rectificable. Que no lo haga porque, de hacerlo, se le echarán encima mil voces airadas. Por lo tanto, tú folla a diestro y a siniestro, a quien sea y a lo que sea. Tírate a un algarrobo, por ejemplo. Hazle un agujero con un berbiquí de broca adecuada y dale que dale. Lubrifica el agujero para facilitarte la labor si se te antoja, pero si prefieres sufrir con una penetración a secas hasta que te deje el pito como un estropajo destrozado, pues tú a lo tuyo, tío.  Haz lo que quieras: serás absolutamente “normal”.

Pero si resulta (cosa probable) que a ti no te van las gallinas, ni los algarrobos, ni las cabras ni los osos peludos, sino las mujeres, pues ojo y alerta. No te atrevas ni siquiera a  sugerir que lo “normal” es lo tuyo. No lo hagas, y menos argumentando que es con las tías con las que la sexualidad va hacia la reproducción y la vida y que, por esto, eres tú quien lleva la “normalidad” en las entrañas. No lo digas porque serás, simplemente, ofensivo.

En una palabra. Que estamos aquí, como siempre: en el corral ibérico. El del esperpento total. O el del gallinero. ¿Y gracioso, al fin y al cabo? Pues sí. También hay que reconocerlo. Salvo cuando las bombas estallan.