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Nacen menos niños

8 Ago

En los países occidentales el índice de natalidad no hace más que bajar, cosa nada sorprendente dadas las actuales tendencias sociales en relación con la concepción del matrimonio o con las ideas sobre la sexualidad. O sobre nuestro concepto hedonista del supuesto “buen vivir”.

De cada día se va desligando más y más la sexualidad de la concepción del matrimonio como base para la procreación y formación y consolidación de la familia. Todos sabemos que el simple hecho de asociar sexualidad con matrimonio y procreación es visto como propio de “conservadurismo reaccionario”. La sexualidad libre, y para el gozo máximo, ha adquirido tal importancia que la presencia de hijos puede llegar a ser (y es) para muchos un estorbo a evitar.

Es este hedonismo actual el que induce a que muchas parejas no quieran tener hijos (o los menos posibles) para con ello permitirse una vida más holgada sin compromisos, ni deberes ni esfuerzos excesivos o molestos. Nuestra vida occidental de trabajo intenso al servicio del consumo incesante no hace más que ayudar a este modo de actuación.

Por otra parte, y debido a que la liberalización de las costumbres ha permitido una educación juvenil más basada en derechos que deberes, los adolescentes pronto se ven poseedores de todo tipo de libertades y se creen con derecho a exigencias tales que los propios padres no pueden conceder en la mayoría de casos. Por ello, los hijos son, o pueden ser, un problema grave para cualquier familia, y más si la familia pretende vivir tranquila.

Pero hay más: el propio matrimonio, como compromiso o pacto de cara a solventar dificultades, está en crisis. Es un hecho que son muchos los que se casan solo para lo bueno, pero no para lo malo. Esto, claro está,  crea desconfianza y miedo. Es el miedo que frena uniones y aborta la posibilidad de nacimientos.

Ante esta situación, que contrasta con las de otras culturas (como la musulmana, por ejemplo), que nadie se extrañe si descubre que el llamado hombre blanco occidental está en pura decadencia y en peligro de extinción. Son muchos los peligros que lo acechan. Y puede que el deseo del “vivir bien” sea, precisamente, su principal enemigo, un enemigo peligroso contra él y contra su secular cultural, una cultura que puede verse por vez primera seriamente mutilada. O hundida irremediablemente.

Sexo

21 Mar

La vida se empeña en perpetuarse. Por esto ha instalado el placer como recurso para sus fines. Comemos con gusto porque, si no fuera así, no pegaríamos bocado y nos iríamos al otro barrio. Y también copulamos con deleite porque, de lo contrario, abandonaríamos la práctica unitiva. Y se acabaría la especie.

Esto es lo que ocurre. Pero en nuestro mundo ibérico las cosas van trastornadas. Y así ocurre que, en tiempos no muy lejanos, nos predicaban que  a las mozas exuberantes teníamos que contemplarlas como a frías y simples estatuas. O nos decían, también, que al faenar en la tarea procreadora lo teníamos que hacer procurando no sentir placer alguno porque, de sentirlo, pecábamos. ¿Que cómo era posible llevar a cabo tal misión imposible? Ni idea. Pero sí, se exigía que al pajarito particular lo despegara cada cual por arte de pura magia.

No obstante ahora los tiempos han cambiado. ¿Y qué ha ocurrido? Ha ocurrido el bandazo total al extremo opuesto. Si antes el sexo era solo para procrear, ahora sirve para todo menos para ello. Asociar sexualidad con procreación suena ya a dura y pura posición conservadora.

Como resultado de la nueva actitud, en estos momentos cualquier práctica sexual es considerada absolutamente “normal”. ¿Qué a uno le encanta copular irrefrenablemente con una gallina? Pues que nadie (absolutamente nadie) se atreva a ni siquiera sugerirle que tal comportamiento tiene algo de “anormalidad” rectificable. Que no lo haga porque, de hacerlo, se le echarán encima mil voces airadas. Por lo tanto, tú folla a diestro y a siniestro, a quien sea y a lo que sea. Tírate a un algarrobo, por ejemplo. Hazle un agujero con un berbiquí de broca adecuada y dale que dale. Lubrifica el agujero para facilitarte la labor si se te antoja, pero si prefieres sufrir con una penetración a secas hasta que te deje el pito como un estropajo destrozado, pues tú a lo tuyo, tío.  Haz lo que quieras: serás absolutamente “normal”.

Pero si resulta (cosa probable) que a ti no te van las gallinas, ni los algarrobos, ni las cabras ni los osos peludos, sino las mujeres, pues ojo y alerta. No te atrevas ni siquiera a  sugerir que lo “normal” es lo tuyo. No lo hagas, y menos argumentando que es con las tías con las que la sexualidad va hacia la reproducción y la vida y que, por esto, eres tú quien lleva la “normalidad” en las entrañas. No lo digas porque serás, simplemente, ofensivo.

En una palabra. Que estamos aquí, como siempre: en el corral ibérico. El del esperpento total. O el del gallinero. ¿Y gracioso, al fin y al cabo? Pues sí. También hay que reconocerlo. Salvo cuando las bombas estallan.