Archivo | diciembre, 2009

Cuando la estética y el ingenio están al servicio de la maldad

2 Dic

A algunos no les gustan los toros por ser “una fiesta típicamente española”. Les molesta sobre todo el adjetivo “española”, un calificativo que importuna porque atenta contra no sé qué configuración nacional y estropea el fijado o prefijado dibujo definitorio de lo que tiene que ser “lo nuestro”.

A mí personalmente lo que me fastidia de las corridas de toros es algo distinto. Es el hecho de que se monte una “fiesta” para maltratar hasta la propia muerte a un animal indefenso ante unos espectadores insensibles al sufrimiento.

Las corridas de toros, que efectivamente parecen querer marcar uno de los rasgos del perfil configurativo español, se me antojan una pura canallada de cobardes, una indecencia incalificable o la ocasión para que los morbosos por el gusto a la sangre satisfagan sus enfermizas tendencias a la crueldad. Que a un noble animal se le vayan haciendo toda clase de impertinencias, se le tenga solo, acorralado y asustado ante miles de personas que presumen de correctas y decentes es algo que hay que contemplar con perspectiva y distanciamiento para poderlo catalogar en sus justos términos. Me repugnan las corridas. Y los “correbous” y cualquier espectáculo que implique un maltrato a seres vivientes.

Se me podrá argumentar en mi contra que en las corridas hay todo un espectáculo estético o hasta incluso poético que tiene su valor, que basta ver las genialidades de la pintura, la música y la literatura que les han dedicado su tiempo y que su agridulce colorido es todo un auténtico placer para la vista y los sentidos.

Pues bien, es ahí, en esta especial estética,  donde se enraíza todavía más la maldad de esta repugnante exhibición luctuosa. Cuando una acción de maldad, sea la que sea, aparece engalanada de guirnaldas de belleza, es cuando la maldad se incrementa en tamaño y profundidad.

Espectáculos negativos de miseria moral los hay abundantes e innumerables. Y son y han sido innumerables los grandes espectáculos de incuestionable valor estético al servicio de la inmundicia. Es entonces cuando, con el disfraz de lo hermoso, se pretende y se logra encauzar el  mensaje, o producto repugnante, por los canales efectivos y afectivos de la eficacia comunicativa. Por lo tanto conviene estarnos alerta con respecto a ciertas estéticas que, como el bonito celofán, envuelven los más venenosos caramelos.

Es lo mismo que ocurre con los impresionantes sistemas filosóficos o de pensamiento erigidos por mentes realmente prodigiosas pero al servicio de la destrucción, la humillación o la aniquilación del hombre. O lo que tantas veces ha ocurrido y sucede aún con los entramados ideológicos y políticos engalanados de florituras, literaturas, musicalidades, historias y beldades decorativas pero con servidumbre a la locura, al totalitarismo, a la exclusividad de pensamiento, a la obsesión patológica, al victimismo de los resentimientos o al engaño general para el provecho egoísta de unos pocos.

Sin duda alguna hay que vivir en estado de alerta constante con respecto a la maldad humana. Y mucho más (muchísimo más), cuando ésta va disfrazada de ropajes y fastuosidades diseñadas, o no, por reconocidas genialidades.

La maldad es un infierno. Pero cuando la estética, la belleza y el ingenio son sus fieles colaboradores, el peligro y el engaño es tal que el infierno de maldad se multiplica en dimensiones. Estémosle alerta. Y denunciémoslo.

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