Archivo | noviembre, 2012

La identificación España=facha

28 Nov

Muchos tuvimos que soportar (en escuelas y colegios) a las “Tres Marías”, es decir, las asignaturas de gimnasia, religión y política. Eran las tres “materias” “desmaterializadas” porque en la práctica no les hacía puñetero caso nadie. Ni incluso, a veces, sus propios profesores.

Pero sí, entonces pretendieron aleccionarnos políticamente. Como ahora, que ocurre lo mismo, pero incrementado. Efectivamente que no hay ya profesores de política, pero la “formación del nuevo espíritu nacional” aflora en boca de profesores de las materias que sean. Estos profesores están. Y pasan y difunden sus mensajes.

En este proceso de proselitismo generalizado, se ha procurado llevar a la identificación (injusta y peligrosa) de España (y de todo lo que con ella se relaciona) con “lo facha”. La bandera española es facha, según ellos. Y lo son la cultura, la lengua, el concepto de unidad y lo que sea que se presente como propio español. Y a la vez se ha logrado la identificación contraria: la de los nacionalismos periféricos con “lo progre”, lo limpio y lo virtuoso. Y más: tales identificaciones han cundido hasta tal punto que incluso los españoles que presumen de “guapos” han aceptado tales equivalencias. Por esto andan callados o acomplejados.

Debido al hecho que el calificativo de “facha” encierra dentro de sí todo lo malo habido y por haber, lo que se pretende con la identificación de España = “facha” es llegar a la asociación de lo español con lo negativo y provocar así su  rechazo. Incluso hasta con odio.

Que nadie lo dude: contra el actual estado de cosas habrá reacción. Lo triste es que puede que sea la del nacionalismo español más burdo,  vulgar y cuartelero que uno pueda imaginarse: el que podrá  armar la gorda de nuevo.

Si esto ocurriera (y Dios no lo quiera), ya veríamos que luego nadie se sentiría culpable de nada. Pero habría lamentos. Y el llanto literario de las ovejitas “inocentes”  e inmaculadas. Así que seguiríamos con la historia de siempre: la de la imbecilidad. O la de la hipocresía sempiterna e incesante.

Las bases eclesiásticas del nacionalismo

14 Nov

En Jesús de Nazaret estaba (y está) la solución: estimación, perdón y desyoización (individual y colectiva), es decir, el “niégate a ti mismo”  para liberarnos del ego atormentador.

Pero Jesús les debió parecer poca cosa a los Padres de la Iglesia, que desearon arroparlo con la filosofía de las esencialidades. Y así se echó  mano a Platón y a los aristotélicos, construyéndose la escolástica de las verdades inmutables. Con ello Jesús quedó eclipsado.

Y pasaron luego años y más años de rigideces e intolerancias. Y se conformaron mentes y cerebros de pétrea dureza, intolerantes y obsesivos. Y de tales cerebros se derivaron pensamientos diversos y variados, pero todos marcados por las férreas severidades de lo que se llamaron Verdades. Las indiscutibles.

Que nadie se extrañe que sobre estos fundamentos duros acabaran instalándose las pasiones de las “identidades” (o sea, las otras esencias, base de los nacionalismos)

Observemos al nacionalismo español y comprobemos su parentesco con el mundo eclesiástico. Vayamos desde “el Santiago y cierra España” (y pasando por colonizaciones con cruz y espada) hasta el Franco bajo palio. O vayamos a los Escoriales y Valles de los Caídos en proceso patriótico hacia Dios.

Observemos también al nacionalismo catalán. Repasemos sus patriotas, literatos, poetas e iluminados, la gran mayoría de ellos vinculados en momentos dados a seminarios, sacristías y monasterios. Observemos sus órganos de difusión en años próximos o lejanos (Oriflama, Serra d’Or, Lluc, etc.). O fijémonos en las entronizaciones simbólicas de monasterios (estén en Monserrat o en sierras mallorquinas).

Cosas parecidas surgieron por tierras yugoeslavas, rusas o esteparias, en las que las largas barbas ortodoxas fueron, y van, bien maridadas con los ímpetus nacionales.

Conviene, sin duda, saber dónde nos encontramos. Y cómo a tal punto hemos llegado. Y quiénes realmente somos y aquello que nos ha modelado. Y conviene, de paso, recordar al gran traicionado: a Jesús, el que quiso enseñarnos a vivir desyoizados y al que no se hace ni puñetero caso. O sea, un error gravísimo.