Archivo | octubre, 2008

Educar hombres libres

15 Oct

En las escuelas se enseñan materias y asignaturas. Al menos en teoría. Y si estudias (o te dejan), acabas conociendo contenidos de esto y aquello y de lo de más allá o de lo de más para aquí. O sea, que te atiborran de datos, definiciones, fechas y conceptos. Pero en la escuela, ¿te educan para ser un hombre integral y libre?

Pocas veces en la escuela te preparan para ser alguien con criterios propios. Incluso puede suceder (y sucede) que haya profesores que pretenden hacerte de ti lo contrario a un hombre libre. Ocurre esto cuando el profesor o la profesora te aleccionan dentro de unas teorías que ellos creen que son intocables y sagradas. Ya sabes cuándo esto ocurre: cuando el maestro es un militante de tal o cual ideología y quiere confeccionar de ti lo que él llama una persona “concienzada”. Entonces lo tienes crudo. O bien sigues sus directrices y las aceptas sin vacilación alguna, y en este caso serás bien considerado y premiado, o bien decides el riesgo de poner en entredicho, o discutir, lo expuesto por el docente. En este caso es muy probable que lo pases mal. Te arriesgas. Claro que con tal riesgo al menos aprendes una lección: la lección de que pensar por cuenta propia tiene su alto  precio.

El “profesor-apóstol” que, enfervorecido, predica su sermón de certeza indiscutible es, a mi modo de ver, la antítesis de lo que corresponde ser. Es alguien de mente simple y simplista y cuadriculada por las cuatro coordenadas de su mentalidad sectaria. De ahí que lo que pretenda sea crear individuos iguales, clonados y uniformados según el patrón que él ha elegido como únicamente correcto. Es decir, que el profesor se convierte en fabricante de militantes de tal o cual causa. Es un profesor que desea “discípulos”, o lo que es lo mismo, desea lo que Nietzsche llamaba “ceros”.

Lo contrario a la labor apostólica del profesor-militante (que suele hallarse  hoy en día, y aquí, en departamentos de lengua e historia) es la del que sabe ofrecer a sus alumnos amplios abanicos de posiciones ideológicas poniéndolas a todas ellas en discusión y frente a la mirada crítica, una mirada crítica que tal vez le pese llevar a cabo al propio profesor, al estar éste situacionado más favorablemente en unas actitudes que en otras.

De todos modos si el profesor tiene la suficiente madurez intelectual carecerá de “apegos” exclusivos a posiciones de opinión fijas y estables. Sabrá perfectamente que toda andadura intelectual no es otra cosa que un navegar inestable dentro de unos entramados conceptuales que tienen que cambiar y cambian al ritmo de los cambios vitales. Y sabrá también que una de las características de la vida es la incertidumbre y la ambigüedad, dentro de las cuales hay que aprender a vivir y convivir.

Es ejemplar lo que ocurre en el zen cuando, según parece, los maestros que han enseñado a sus alumnos envían luego a éstos a sus oponentes. El maestro sabe que ha expuesto un simple punto de vista, una parte ínfima del panorama general inalcanzable. Por esto manda después al alumno a otro maestro que piense radicalmente diferente a él.

Por nuestras latitudes se carece con frecuencia de esta flexibilidad y altura de visión zen. Presumimos de demócratas y, en cambio, nos aferramos a actitudes fijas de pensamiento hasta tal punto que nos sentirnos incluso ofendidos con respecto a los que no las comparten.

Yo sé de alumnos castigados y mal calificados por haber cometido el “pecado” de intervenir en clase en oposición y en contra de lo expuesto por su profesor, es decir, por haber hecho lo que toda clase debería ser: un campo abierto de circulación de ideas en oposición y confrontación.

Es una lástima que haya pedagogos que carezcan de principios pedagógicos democráticos. Son éstos los maestros de la ignorancia, del simplismo y de la falta absoluta de profundidad.

Solamente una escuela libre y realmente crítica puede ser la válida para construir hombres dispuestos al diálogo abierto. Lo otro, la escuela de militantes, es otra cosa: es el medio de elaboración de mentes totalitarias. O sea, de mentes minúsculas. De mentes peligrosas.