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¡Desnacionalicemos Europa ¡

27 Jun

Europa tiene muchos enemigos. Y no precisamente en el exterior de su ámbito configurativo, sino dentro de sus propias fronteras. Son  muchos los que, con sus posturas ideológicas particularistas, aborrecen de la amplitud del espacio europeo, este espacio que, a mi modo de ver, nos es la garantía contra los monstruos que asolaron nuestras historias en los últimos siglos.

Es la ignorancia, el irracionalismo y la mala formación política y social lo que impulsa la aparición de fanáticos obsesivos, se llamen éstos Breivik (el de la masacre de la isla de Utoya) o Nikos Mihaloliakos, el fundador y líder del partido neonazi “Amanecer dorado”, en Grecia. Hace dos días, escuché a este ultraderechista en una televisión francesa. Abogaba entusiasmado por una “Europa de las naciones” y defendía la expulsión de inmigrantes, alegando que “en las cárceles griegas no hay griegos sino solo extranjeros”. También por estas nuestras latitudes he oído yo formulaciones parecidas a las de este señor griego. Y muchas veces.

No, no es en la Europa de las naciones (ni en la Europa de los Estados) donde encontraremos la salida de los túneles negros. La encontraremos solamente en la EUROPA DE LAS PERSONAS. Y en los postulados de la CIUDADANÍA, los que se articulan a partir del reconocimiento del individuo como cosa sagrada y más allá de religiones, etnias, sexos, lenguas o historias.

No cabe duda que la CIUDADANÍA europea es toda una realidad poco consolidada aún. Su crecimiento y progreso pasa por trascender los límites puramente económico-financieros. Y por hacer comprender a las gentes que hay realidades mucho más importantes que las demarcaciones, lingüísticas, culturales, étnicas o históricas.

Lo básico estaría en hacer entender que, en este mundo nuestro de incertidumbres y gente desquiciada, precisamos de una Europa que desarrolle un “sentido de pertenencia” basado en la defensa y protección de las libertades del individuo (siempre amenazado por los colectivismos) y de los derechos humanos.

Las escuelas, institutos y universidades deberían llevar a término esta labor pedagógica a favor de una Europa libre. Pero, ¿lo están haciendo? Pues a mí me da la impresión que están haciendo, precisamente, todo lo contrario.