Archivo | agosto, 2012

La vida como lucha

22 Ago

Qué cuento que llevamos a cuestas. Basta ver hasta qué punto estamos aburguesados en la buena vida, esperando que sea del cielo protector administrativo o bancario de donde nos caiga el maná milagroso.

En nuestra sociedad hispano-ibérica, hemos pasado de las épocas de ascetismo duro a las actuales, en las que solo los placeres y comodidades han sido aceptables. Y ahí hemos tenido a las juventudes educadas en las facilidades de los estudios sin estudio, en las disciplinas sin normas, en las obediencias inexistentes sin respuesta alguna, en el orden sin pautas ni concierto o en el cultivo del lamento victimista como resorte hacia la ganancia y el triunfo.

Todos hemos pedido lo imposible. Hasta tal punto que, si por una de aquellas imposibilidades absurdas, se nos despertara un viejo abuelo o bisabuelo de su sueño eterno, lo que haría el tío sería escandalizarse hasta el extremo, debido al grado de decadencia ridícula a la que hemos llegado.

Hemos vivido como reyes. Y muchos como emperadores (como siguen todavía viviendo). Y con esclavos proletarios (negros, moros, sudamericanos o asiáticos) dispuestos a servirnos en tareas ya irrealizables por nosotros.

Pues bien, así nos vería el bisabuelo resucitado: como lo que posiblemente somos: niñitos mimados con rabietas constantes cuando nuestros caprichos no son atendidos. Y protegidos vamos todos con teorías pseudoprogresistas y justificadoras para autoengañarnos en la mentira.

Pero nos ha llegado ahora el primer mazazo del castigo. O la primera advertencia. Y después de años de vivir de la renta de los préstamos de los que todos creíamos beneficiarnos: individuos, administraciones y hasta los propios bancos. Llegó el primer recordatorio. El primero porque otros se irán sucediendo detrás y en el tiempo. Es el recordatorio de que la vida es esencialmente dura. Es incluso, a veces, despiadadamente dura. Es pura lucha biológica y sin contemplación de ningún tipo.

Podemos estar aletargados. Tenemos derecho a estarlo. Pero el pago de la factura de nuestro ensimismamiento en el sueño del desarraigo vital puede ser tan alto que nunca podamos ya pagarlo.

Y todo ello frente a unos pueblos (los negros, los moros, los sudamericanos o los asiáticos) que, desde su mentalidad y ejercicio de lucha feroz y constante, nada saben de cuentos, bobadas o historias tontas.

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Nacen menos niños

8 Ago

En los países occidentales el índice de natalidad no hace más que bajar, cosa nada sorprendente dadas las actuales tendencias sociales en relación con la concepción del matrimonio o con las ideas sobre la sexualidad. O sobre nuestro concepto hedonista del supuesto “buen vivir”.

De cada día se va desligando más y más la sexualidad de la concepción del matrimonio como base para la procreación y formación y consolidación de la familia. Todos sabemos que el simple hecho de asociar sexualidad con matrimonio y procreación es visto como propio de “conservadurismo reaccionario”. La sexualidad libre, y para el gozo máximo, ha adquirido tal importancia que la presencia de hijos puede llegar a ser (y es) para muchos un estorbo a evitar.

Es este hedonismo actual el que induce a que muchas parejas no quieran tener hijos (o los menos posibles) para con ello permitirse una vida más holgada sin compromisos, ni deberes ni esfuerzos excesivos o molestos. Nuestra vida occidental de trabajo intenso al servicio del consumo incesante no hace más que ayudar a este modo de actuación.

Por otra parte, y debido a que la liberalización de las costumbres ha permitido una educación juvenil más basada en derechos que deberes, los adolescentes pronto se ven poseedores de todo tipo de libertades y se creen con derecho a exigencias tales que los propios padres no pueden conceder en la mayoría de casos. Por ello, los hijos son, o pueden ser, un problema grave para cualquier familia, y más si la familia pretende vivir tranquila.

Pero hay más: el propio matrimonio, como compromiso o pacto de cara a solventar dificultades, está en crisis. Es un hecho que son muchos los que se casan solo para lo bueno, pero no para lo malo. Esto, claro está,  crea desconfianza y miedo. Es el miedo que frena uniones y aborta la posibilidad de nacimientos.

Ante esta situación, que contrasta con las de otras culturas (como la musulmana, por ejemplo), que nadie se extrañe si descubre que el llamado hombre blanco occidental está en pura decadencia y en peligro de extinción. Son muchos los peligros que lo acechan. Y puede que el deseo del “vivir bien” sea, precisamente, su principal enemigo, un enemigo peligroso contra él y contra su secular cultural, una cultura que puede verse por vez primera seriamente mutilada. O hundida irremediablemente.