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Sobre el odio de los totalitarios

29 Dic

Alguien podría creer que no pueden evitar el odio. Pero no es esto realmente. Los totalitarios, o sea, los absolutamente convencidos de las excelencias de sus causas (causas que siempre ven perseguidas y oprimidas), no son ni siquiera conscientes del odio que almacenan en sus interioridades. Pero sí, odian con toda la fuerza inimaginable a los que no comparten sus creencias. Y más los odian todavía si éstos se atreven a levantar la voz contra sus ideas.

Todo disidente es siempre, para ellos, un traidor mal entrañado al que conviene neutralizar del modo que sea. Y uno de estos modos es el de eliminarlo, si no físicamente, sí, al menos, espiritualmente. Es decir, apartarlo de la existencia pública, silenciar sus palabras, acciones o reacciones. Este es una manera sutil de hacerle daño aparentando no hacérselo porque, ¿qué se hace contra el que no se hace nada? Pero sí que se hace, porque se le margina, se le anula, se le reduce al cero inexistente.

Otra forma de lesionar es la de recurrir al rumor agresivo, a la mentira, a la calumnia, a la insinuación. El divergente, entonces, es puesto contra las cuerdas de la sospecha en el mejor de los casos; en el peor, en el lodazal del deshonor y la porquería.

Lo que estamos diciendo lo hemos constatado miles de veces. Ha ocurrido y sigue ocurriendo, protagonizado siempre por los enemigos de la sociedad abierta, éstos que, cuando les conviene, se proclaman abiertamente democráticos, democráticos sí, para que sus mensajes vayan y vengan libremente por donde sea, los suyos, claro, los mensajes que, en el fondo, preferirían que fueran los únicos existentes para así no estorbarles sus propósitos, unos propósitos que ven tan correctos y hasta “científicamente” válidos como para que se dejen de emitir los opuestos a los suyos. Esta es la democracia de los demócratas totalitarios. Una farsa. Y de la que ellos no son muchas veces ni siquiera completamente conscientes.

La persecución a los disidentes contra los grandes dogmas (ideológicos, patrióticos, lingüísticos, religiosos, etc.) se ha plasmado con agresiones constatadas en personajes de todos los tiempos, incluidos, claro está, los presentes. Ahí tenemos los horrores del siglo XX, incluyendo nuestros años 30 y los que les siguen. Podríamos hablar de Albert Camus o de Vargas Llosa, pero de muchísimos más disidentes “repulsivos”, y a los que bastaría simplemente citar para poner histéricos a sus adversarios, adversarios que en tantas ocasiones han procurada echar sobre ellos la cantidad suficiente de heces para dejarlos sepultados en la inmundicia.

Hay totalitarios. Siempre los ha habido. Y sigue habiéndolos y los habrá mientras existan sujetos estrechos de pobres mentales con cuatro simples bosquejos de diseño cerebral actuando en sus cabezas. Y seguirán con sus murmuraciones, con sus ataques verbales, sus falsedades y agresividades de resentimientos. Existirán ellos, pero existirán también los que denunciamos sus mezquinas maniobras de desprestigios y suciedades. Y esto sucederá mientras sus propósitos impositivos no se coronen con su entronización en un poder que querrían absoluto y que destruiría por completo la sociedad que deseamos: la abierta, aquella en la que tiene que caber el que sea. Incluso ellos tienen que caber. Para que podamos presentarlos delante de un espejo: para que así se vean y se contemplen. Y lleguen a enterarse, quizás,  de cómo son realmente.

Sobre el odio de los totalitarios

29 Dic

Alguien podría creer que no pueden evitar el odio. Pero no es esto realmente. Los totalitarios, o sea, los absolutamente convencidos de las excelencias de sus causas (causas que siempre ven perseguidas y oprimidas), no son ni siquiera conscientes del odio que almacenan en sus interioridades. Pero sí, odian con toda la fuerza inimaginable a los que no comparten sus creencias. Y más los odian todavía si éstos se atreven a levantar la voz contra sus ideas.

Todo disidente es siempre, para ellos, un traidor mal entrañado al que conviene neutralizar del modo que sea. Y uno de estos modos es el de eliminarlo, si no físicamente, sí, al menos, espiritualmente. Es decir, apartarlo de la existencia pública, silenciar sus palabras, acciones o reacciones. Este es una manera sutil de hacerle daño aparentando no hacérselo porque, ¿qué se hace contra el que no se hace nada? Pero sí que se hace, porque se le margina, se le anula, se le reduce al cero inexistente.

Otra forma de lesionar es la de recurrir al rumor agresivo, a la mentira, a la calumnia, a la insinuación. El divergente, entonces, es puesto contra las cuerdas de la sospecha en el mejor de los casos; en el peor, en el lodazal del deshonor y la porquería.

Lo que estamos diciendo lo hemos constatado miles de veces. Ha ocurrido y sigue ocurriendo, protagonizado siempre por los enemigos de la sociedad abierta, éstos que, cuando les conviene, se proclaman abiertamente democráticos, democráticos sí, para que sus mensajes vayan y vengan libremente por donde sea, los suyos, claro, los mensajes que, en el fondo, preferirían que fueran los únicos existentes para así no estorbarles sus propósitos, unos propósitos que ven tan correctos y hasta “científicamente” válidos como para que se dejen de emitir los opuestos a los suyos. Esta es la democracia de los demócratas totalitarios. Una farsa. Y de la que ellos no son muchas veces ni siquiera completamente conscientes.

La persecución a los disidentes contra los grandes dogmas (ideológicos, patrióticos, lingüísticos, religiosos, etc.) se ha plasmado con agresiones constatadas en personajes de todos los tiempos, incluidos, claro está, los presentes. Ahí tenemos los horrores del siglo XX, incluyendo nuestros años 30 y los que les siguen. Podríamos hablar de Albert Camus o de Vargas Llosa, pero de muchísimos más disidentes “repulsivos”, y a los que bastaría simplemente citar para poner histéricos a sus adversarios, adversarios que en tantas ocasiones han procurada echar sobre ellos la cantidad suficiente de heces para dejarlos sepultados en la inmundicia.

Hay totalitarios. Siempre los ha habido. Y sigue habiéndolos y los habrá mientras existan sujetos estrechos de pobres mentales con cuatro simples bosquejos de diseño cerebral actuando en sus cabezas. Y seguirán con sus murmuraciones, con sus ataques verbales, sus falsedades y agresividades de resentimientos. Existirán ellos, pero existirán también los que denunciamos sus mezquinas maniobras de desprestigios y suciedades. Y esto sucederá mientras sus propósitos impositivos no se coronen con su entronización en un poder que querrían absoluto y que destruiría por completo la sociedad que deseamos: la abierta, aquella en la que tiene que caber el que sea. Incluso ellos tienen que caber. Para que podamos presentarlos delante de un espejo: para que así se vean y se contemplen. Y lleguen a enterarse, quizás,  de cómo son realmente.