Archivo | septiembre, 2012

Nombres de calles, plazas y otras cosas

19 Sep

Hemos visto calles, plazas o centros oficiales con unos nombres y luego, debido a cambios políticos o sociales, con otros.

La raíz del problema (si es que lo consideramos problema, claro está) se halla en la tontería que supone el ensalzamiento de las personas en función de su ideología o tendencia política o nacional. Hartos estamos de comprobar el modo como el encumbramiento de alguien (de un simple personajillo, generalmente) viene determinado por su modo de pensar y de manifestarse en consonancia de los que lo aúpan por sentirse con él unidos en comunión de pareceres.

Además, está muy claro que cuando a según quien se le da relevancia, no es por sus méritos intrínsecos o por sus valores personales, sino por su fidelidad a determinadas causas. Prueba de ello es que basta con que el ensalzado muestre titubeos, dudas o rechazos a lo que antes apoyó, para que seguidamente se le descienda enérgicamente del pilar en el que antes se le había colocado.

Los defensores de causas no aprecian nunca a las personas por ellas mismas, sino por su disciplina y colaboración en lo que respecta a los dioses mundanos venerados y compartidos. De este modo sucede que el que antes fue muy aparentemente amado es a continuación odiosamente rechazado.

Son reflejo de todo ello los nombres de calles y plazas, nombres puestos, por lo tanto, no para mostrar aprecio social a tal o cual persona, sino para colaborar en la magnificación de un proyecto político o social. De lo que se trata es de poner sillares en el edificio ideológico que se está edificando. Lo demás importa poco. O nada.

Por lo tanto y ante tal panorama de proselitismo constante, de lo que se trataría, si se pretendiese hacerse las cosas bien, sería de reservar las nomenclaturas para personajes realmente importantes y desvinculándolos de sus tendencias ideológicas.

Si de mí dependiera, me dejaría de cultos a religiones espirituales o paganas y de colaboraciones a egocentrismos. Y las calles se llamarían de mil maneras: calle del amanecer, del atardecer, del sol, de la luna, de la rosa, del clavel, de la ilusión, de la esperanza o del lamento. O del pez. O hasta del percebe.  Nada más que esto. Así los nombres se quedarían siempre en su sitio y nunca habría por qué cambiarlos. Saldríamos ganando.

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Creer solamente en lo que se ve

5 Sep

Los hay que se creen muy listos, demasiado. Estos “inteligentes”, sin un mínimo de humildad, los ha habido siempre y en todos los ámbitos. Su especial “inteligencia” es reveladora, sin embargo, de todo lo contrario a la propia y real inteligencia: es muestra de ignorancia sin límites.

Veamos, por ejemplo, las convicciones radicales de los materialistas del viejo positivismo. ¿En qué creían ellos? Pues en lo único digno de creerse, decían, es decir, en lo que se podía ver y tocar. Todo lo demás era  pura entelequia. O absurdo inexistente.

Pero han pasado los años y han surgido nuevas tecnologías. Han aparecido técnicas para ver mucho más allá de nuestros ojos. Ahora empezamos a ver lo mínimamente pequeño y lo enormemente grande y, con ello, descubrimos mundos antes inimaginables incluso por las más atrevidas mentes.

Aun sin verlas a simple vista, solo en cada uno de nuestros cuerpos físicos viven unos treinta trillones de células, que no son simples piezas muertas del edificio corporal, sino pequeños mundos en miniatura y en colaboración constante. Esta enormidad de células se nos renueva cada siete años transformándonos nuestra realidad propia, transformación que tampoco percatamos.

Y en las células hay moléculas invisibles. Y más allá de las moléculas, átomos. Y más allá de éstos, las llamadas supercuerdas. O sea, que a niveles microscópicos existen realmente, y sin ficción alguna, ámbitos de realidad todavía inexplorados y de una complejidad tan maravillosa como enigmática. Son verdaderamente universos fascinantes en miniatura.

Pero a nivel macroscópico tenemos también presencias que desbordan nuestras posibilidades de exploración e imaginación. Hay mundos dentro de otros mundos, mundos sin límites. Y hay galaxias dentro de galaxias. Y hasta se habla de universos distintos al nuestro, o de universos dentro de universos, simultáneos o incluso paralelos.

¿Existe solamente lo que se ve, por lo tanto? Pues no. La realidad existencial es fascinante y compleja hasta lo insospechable. Por lo tanto incidamos en lo que otras veces hemos comentado: evitemos presumir de nuestros conocimientos. Siempre son pobres. Lo fueron ayer y lo son ahora. De un modo u otro siempre lo serán.  Presumamos menos, por lo tanto. Y admiremos, mientras, el gran espectáculo.