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La obligación del escritor

9 Ene

Uno de los rasgos más característicos de los tiempos contemporáneos es la hipocresía generalizada.

La hipocresía está tan íntimamente dentro del interior medular de muchos actores sociales que éstos ni son siquiera conscientes de la propia falsedad que practican constantemente a través de sus palabras o actuaciones. Por lo tanto hay hipócritas conscientes de que son hipócritas.  Pero los hay que siéndolo no lo saben y por esto se consideran la pura encarnación de la rectitud sin límites.

“El escritor tiene la obligación de oponerse al poder” nos dicen algunos de estos farsantes del cuento. Que hay que oponerse al poder, nos predican. Sí, claro, al poder, pero lo que no especifican es a qué clase de poder. De hecho lo que piden es la oposición al poder hacia el que ellos, desde su especial situación ideológica,  están en contra. O sea, que están haciendo lo que todos: combatir al adversario. Pero para nada desean el combate contra los que están en sus propias filas y que, en la esfera que sea, tienen su especial poder. A éstos no hay que tocarlos para nada.

Hay mucho parlanchín estafador por el mundo, sin duda alguna. Son los parlanchines mojigatos y fariseos que desde su supuesta pureza nos quieren aleccionar en la lucha contra el poder del que abominan, pero nunca contra los otros posibles poderes: aquellos con los que ellos están comprometidos o hacia los que sienten admiración. O de los que sacan su provecho. O incluso prestigio o relevancia.

Podríamos hacer listas de escritores conocidos que se han visto encumbrados por sus fidelidades a determinados posicionamientos políticos y jugando las cartas contra lo que ellos llamaban, o llaman, “el poder”,  pero acatando al mismo tiempo otros poderes tan nefastos,  o más, que aquellos por ellos combatidos.

Demasiados escritores buscan anhelantes el reconocimiento. Y saben dónde y cómo conseguirlo: con su adscripción al bando que les conviene. O con la fidelidad a su propio grupo tribal, encarnación siempre de lo excelso o excelente. O sea, que tenemos la hipocresía de siempre, esta gran reina absoluta (y fea) de nuestros tiempos actuales.

Es más que un problema político

16 May

Creer que todo se reduce a una cuestión de partidos políticos es equivocarse. Lo nuestro es mucho más hondo. Es un problema general que afecta a muchos y que tiene que ver con la educación (tanto intelectual como moral).

Ladrones, estafadores, pillos, chanchulleros e indeseables los hay por donde sea y no solamente en el ámbito político, aunque sea en él donde se aglutinan muchos porque saben que es ahí donde hay río revuelto para la fácil ganancia. En nuestra sociedad falta sentido ético. Este es el problema. Pero también la imprescindible inteligencia para comprender la necesidad de este sentido moral para andar juntos y hacia delante sin traumatismos dramáticos.

Es fácil adivinar el porqué histórico de nuestras deficiencias. Hemos vivido siglos tras siglos en un país en el que solo algunos pocos organizaban la trama social en función de sus exclusivos intereses familiares clasistas. Desde el mismo inicio de nuestra desgraciada historia, el pueblo llano vivió en la más absoluta miseria y sin posibilidades de salir de ella a no ser haciendo uso de la picaresca. Basta que veamos la España llamada “imperial”, la de los Austrias primero y Borbones después, es decir, la que sacaba de América oro, plata y riquezas, sí, pero para los dirigentes del tinglado y para sus empresas bélicas familiares en tierras europeas. El españolito de a pie era y fue siempre lo que fue: un peón de combate para sus señores y un lisiado después, cuando volvía pobre, tullido y miserable a casa después de unas luchas y combates que para nada le concernían. Posibilidades de ascenso social no las había en modo alguno. O te espabilabas estafando dentro del marco picaresco o te metías en el seno de la Iglesia, vía fácil (esta sí) para asegurarte sustento y que te llamaran, para más consuelo, “señor”.

Todo esta historia seguro que gravita sobre nosotros. También aquí en Mallorca, claro, con su provinciana aristocracia poseyendo las tierras y destinando a las gentes al sudor diario y secular de trabajo duro y  servil en la tierra.

La “cultura” picaresca, por lo tanto, tiene sus bases bien enraizadas en el pasado. Y se comprende, por lo tanto, que la tengamos ahí, fuerte y floreciente, pero asfixiando ahora a la población entera, cuando la historia ha precisamente cambiado. Y es que los malos vicios no se deshacen de la noche a la mañana: perduran y perduran.

¿Y la ética cristiana, de qué nos sirvió dentro de este panorama? Sobre esto hablaremos en el próximo artículo. O sea, dentro de quince días.