Archivo | mayo, 2012

Nuestra ética cristiana

30 May

Hay muchas gentes honradas y correctas en nuestra sociedad, gentes que posiblemente han recibido la influencia del mensaje evangélico.

Pero también es cierto que en la Europa meridional y mediterránea es donde los comportamientos picarescos y hasta mafiosos se prodigan en abundancia, algo que no ocurre, por ejemplo, en países nórdicos, mucho más decentes que nosotros. Así que ya veis, presumiendo vamos de católicos, apostólicos y romanos mientras nos asestamos cuchillazos traidores por la espalda o nos estafamos sin remordimiento ni piedad alguna.

¿Qué alguien procura ser correcto y honrado? Pues ya sabemos lo que aquí ocurre: que se le tilda de “colló” incauto. Y al otro, al cabrón sin escrúpulos, se le corona con el calificativo de “molt puta”, calificativo para nada negativo, sino lleno de connotaciones emparentadas con “espabilado”, “desenvuelto” o “sagaz”. Así vamos en el Mediterráneo.

Por lo tanto, hay que reconocer que las predicaciones cristianas no han cundido como correspondía. ¿Las razones de ello? Pues lo ya comentado en otras ocasiones: la pobreza unida a la picaresca, ante la imposibilidad del juego limpio. O también el que la propia figura de Jesús, paradigma de ejemplaridad, haya sido eclipsada por la presentación eclesiástica de las teorizaciones dogmáticas, aquellas que pretendiendo ser ennoblecidas con filosofías platónicas y aristotélicas, nos fueron administradas en épocas muy cercanas. Por lo tanto la escolástica sí que ha cundido en muchas de las gentes de nuestras latitudes, pero no tanto la simplicidad del Jesús del amor y juego limpio.

Y así estamos. Y con consecuencias que van mucho más allá de los comportamientos éticos. Las ideas platónicas de realidades fijas e inmóviles y las cristianizaciones de aristotelismos han llevado a la consolidación de mentalidades con concepciones estáticas de la vida, cosa terriblemente errónea cuando deriva en actitudes políticas esencialistas y del fundamentalismo que sea.

Es ahí donde están nuestros problemas: en la pobreza secular, la injusticia constante, la mala educación religiosa y la falta de fluidez mental para entender que la única “esencialidad” real que existe es, paradójica y curiosamente, la del CAMBIO CONSTANTE.

Sin duda tendríamos que renovarnos empezando casi desde el principio el edificio de la convivencia. Y el de la educación crítica. Y para todo ello nos faltas años. Muchos años. Muchísimos. Tantos, que da vértigo pensarlos.

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Es más que un problema político

16 May

Creer que todo se reduce a una cuestión de partidos políticos es equivocarse. Lo nuestro es mucho más hondo. Es un problema general que afecta a muchos y que tiene que ver con la educación (tanto intelectual como moral).

Ladrones, estafadores, pillos, chanchulleros e indeseables los hay por donde sea y no solamente en el ámbito político, aunque sea en él donde se aglutinan muchos porque saben que es ahí donde hay río revuelto para la fácil ganancia. En nuestra sociedad falta sentido ético. Este es el problema. Pero también la imprescindible inteligencia para comprender la necesidad de este sentido moral para andar juntos y hacia delante sin traumatismos dramáticos.

Es fácil adivinar el porqué histórico de nuestras deficiencias. Hemos vivido siglos tras siglos en un país en el que solo algunos pocos organizaban la trama social en función de sus exclusivos intereses familiares clasistas. Desde el mismo inicio de nuestra desgraciada historia, el pueblo llano vivió en la más absoluta miseria y sin posibilidades de salir de ella a no ser haciendo uso de la picaresca. Basta que veamos la España llamada “imperial”, la de los Austrias primero y Borbones después, es decir, la que sacaba de América oro, plata y riquezas, sí, pero para los dirigentes del tinglado y para sus empresas bélicas familiares en tierras europeas. El españolito de a pie era y fue siempre lo que fue: un peón de combate para sus señores y un lisiado después, cuando volvía pobre, tullido y miserable a casa después de unas luchas y combates que para nada le concernían. Posibilidades de ascenso social no las había en modo alguno. O te espabilabas estafando dentro del marco picaresco o te metías en el seno de la Iglesia, vía fácil (esta sí) para asegurarte sustento y que te llamaran, para más consuelo, “señor”.

Todo esta historia seguro que gravita sobre nosotros. También aquí en Mallorca, claro, con su provinciana aristocracia poseyendo las tierras y destinando a las gentes al sudor diario y secular de trabajo duro y  servil en la tierra.

La “cultura” picaresca, por lo tanto, tiene sus bases bien enraizadas en el pasado. Y se comprende, por lo tanto, que la tengamos ahí, fuerte y floreciente, pero asfixiando ahora a la población entera, cuando la historia ha precisamente cambiado. Y es que los malos vicios no se deshacen de la noche a la mañana: perduran y perduran.

¿Y la ética cristiana, de qué nos sirvió dentro de este panorama? Sobre esto hablaremos en el próximo artículo. O sea, dentro de quince días.