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Nuestra ética cristiana

30 May

Hay muchas gentes honradas y correctas en nuestra sociedad, gentes que posiblemente han recibido la influencia del mensaje evangélico.

Pero también es cierto que en la Europa meridional y mediterránea es donde los comportamientos picarescos y hasta mafiosos se prodigan en abundancia, algo que no ocurre, por ejemplo, en países nórdicos, mucho más decentes que nosotros. Así que ya veis, presumiendo vamos de católicos, apostólicos y romanos mientras nos asestamos cuchillazos traidores por la espalda o nos estafamos sin remordimiento ni piedad alguna.

¿Qué alguien procura ser correcto y honrado? Pues ya sabemos lo que aquí ocurre: que se le tilda de “colló” incauto. Y al otro, al cabrón sin escrúpulos, se le corona con el calificativo de “molt puta”, calificativo para nada negativo, sino lleno de connotaciones emparentadas con “espabilado”, “desenvuelto” o “sagaz”. Así vamos en el Mediterráneo.

Por lo tanto, hay que reconocer que las predicaciones cristianas no han cundido como correspondía. ¿Las razones de ello? Pues lo ya comentado en otras ocasiones: la pobreza unida a la picaresca, ante la imposibilidad del juego limpio. O también el que la propia figura de Jesús, paradigma de ejemplaridad, haya sido eclipsada por la presentación eclesiástica de las teorizaciones dogmáticas, aquellas que pretendiendo ser ennoblecidas con filosofías platónicas y aristotélicas, nos fueron administradas en épocas muy cercanas. Por lo tanto la escolástica sí que ha cundido en muchas de las gentes de nuestras latitudes, pero no tanto la simplicidad del Jesús del amor y juego limpio.

Y así estamos. Y con consecuencias que van mucho más allá de los comportamientos éticos. Las ideas platónicas de realidades fijas e inmóviles y las cristianizaciones de aristotelismos han llevado a la consolidación de mentalidades con concepciones estáticas de la vida, cosa terriblemente errónea cuando deriva en actitudes políticas esencialistas y del fundamentalismo que sea.

Es ahí donde están nuestros problemas: en la pobreza secular, la injusticia constante, la mala educación religiosa y la falta de fluidez mental para entender que la única “esencialidad” real que existe es, paradójica y curiosamente, la del CAMBIO CONSTANTE.

Sin duda tendríamos que renovarnos empezando casi desde el principio el edificio de la convivencia. Y el de la educación crítica. Y para todo ello nos faltas años. Muchos años. Muchísimos. Tantos, que da vértigo pensarlos.