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Cada uno va a lo suyo

13 Jun

Nos falta un proyecto social compartido con fe, devoción y entusiasmo. Esta carencia de empresa conjunta nos está haciendo un daño enorme. Es el daño que sufrimos y que arrastramos desde el pasado, el que nos hunde en constantes crisis y enfrentamientos civiles, los que tiñen de sangre esta tierra dura y torpe que no aprende nada de nada de la historia, historia leída siempre pésimamente y más en sentido alentador de revanchas que como lección rigurosa a tener en cuenta.

Y somos, además, tan rematadamente imbéciles que desbaratamos incluso lo que pueda marchar regularmente bien a fin de engrandecer todavía más los zafarranchos, ante todo si es para fastidiar a quienes guardan en sus corazones todavía un mínimo de esperanzas.

Por esto nadie tiene fe ni se fía de nadie. Y, para más remate, tenemos estos individualismos tribales llamados “nacionalismos” y que no son otra cosa que egocentrismos colectivistas que encierran todos los defectos de las patologías de los ególatras.

Y es en estos individualismos colectivos (de rechazo al vecino, al multiculturalismo y al internacionalismo) donde se instalan las bases ideológicas de los estatismos recibidos por vía clerical o eclesiástica. De las inmanencias esenciales escolásticas se pasa muy fácilmente y sin percatarse a las ideas de las esencias inmutables de los nacionalismos, estas que se basan en las “purezas” raciales, culturales o lingüísticas. O en la “personalidad colectiva de los pueblos”, en la “identidad común”, en el “valor de la mitificación histórica”, en la sacralización de las simbologías (empezando por los idiomas y acabando en las simples insignias), etc., es decir, todo aquello que constituye el corpus doctrinal de las extremas derechas españolas, francesas, alemanas, rusas o, en tono menor, las catalanas o vascas, aunque estas últimas se engañen a sí mismas creyéndose que son (por haber sido combatidas por el franquismo) de “izquierdas”.

Que no extrañe a nadie, por consiguiente, que los más fervorosos partidarios de las ideas férreas en materia de contundencia ideológica hayan bebido, en su infancia o juventud, en fuentes clericales de seminarios, sacristías o monasterios. Es lo lógico. Son los que siguen en la misma ruta de siempre, aunque habiendo cambiado solo de dioses.

Pero a lo que íbamos: que tirando cada cual por su lado se va solo al precipicio. Nos hace falta flexibilidad mental, regeneración cultural y décadas y más décadas para rectificar caminos. O sea, que el esfuerzo es simplemente descomunal.

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