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Emociones y pensamientos (o viceversa)

12 Dic

Tenemos emociones desde que nacemos. O desde antes. Se afirma que el 95 por ciento de los contenidos de nuestras mentes no son conscientes, y que muchos de estos contenidos suponen una especial memorización de toda una serie de conductas, recuerdos, experiencias o percepciones que luego sí que acaban determinando nuestros pensamientos y, con ellos, nuestros estados anímicos. Y hasta nuestro propio temperamento.

Hay que aceptar que es difícil borrar las experiencias negativas que llevamos almacenadas. Pero lo que no es tan difícil  es llegar a dominar los pensamientos. No hay duda alguna que todo pensamiento desencadena reacciones bioquímicas que determinan emociones que, a la vez, marcan nuestro estado de ánimo llevándonos a la alegría, la indiferencia, la tristeza o a la desolación. Controlar, por lo tanto, el modo de pensar propio es de suma importancia para vivir mejor.

Para controlar el modo particular de pensar es imprescindible saber que los pensamientos tienen su origen en nuestro pasado, puesto que son fruto del modo como nos enfrentamos a experiencias que nos acontecieron. Lo básico está en saber desencadenarnos de estos pasados, que nos perviven a través de la mente consciente o no consciente.

De lo que se trata, por lo tanto, es de desaprender nuestra propia historia, de intentar olvidar en lo posible lo que nos determina, de desyoizarnos de lo que hemos sido hasta el presente para ser siempre algo diferentes. Se trata de evitar estar anclados en el ayer y de alimentarnos de pensamientos “basura” (de tristeza improductiva, de odios, de miedos, de envidias, de deseos innecesarios, de aspiraciones imposibles o de descontentos constantes). Y se trata de renovarse viendo el mundo desde fuera de nuestro modo habitual de pensar. Se trata de reinventarnos a cada instante.

Para este cambio hay que partir del deseo de ser conscientes de qué y cómo pensamos. Y supone llegar a saber cerrar, luego, el paso a todo pensamiento negativo o destructivo que lleguemos a reconocer como tal. Pero sobre todo supone ser capaces de estar dispuestos a ser diferentes a lo que hasta el momento hemos sido, es decir, de ser capaces de desprendernos de nuestro establecido “yo”, el que siempre fastidia.