La identificación España=facha

28 Nov

Muchos tuvimos que soportar (en escuelas y colegios) a las “Tres Marías”, es decir, las asignaturas de gimnasia, religión y política. Eran las tres “materias” “desmaterializadas” porque en la práctica no les hacía puñetero caso nadie. Ni incluso, a veces, sus propios profesores.

Pero sí, entonces pretendieron aleccionarnos políticamente. Como ahora, que ocurre lo mismo, pero incrementado. Efectivamente que no hay ya profesores de política, pero la “formación del nuevo espíritu nacional” aflora en boca de profesores de las materias que sean. Estos profesores están. Y pasan y difunden sus mensajes.

En este proceso de proselitismo generalizado, se ha procurado llevar a la identificación (injusta y peligrosa) de España (y de todo lo que con ella se relaciona) con “lo facha”. La bandera española es facha, según ellos. Y lo son la cultura, la lengua, el concepto de unidad y lo que sea que se presente como propio español. Y a la vez se ha logrado la identificación contraria: la de los nacionalismos periféricos con “lo progre”, lo limpio y lo virtuoso. Y más: tales identificaciones han cundido hasta tal punto que incluso los españoles que presumen de “guapos” han aceptado tales equivalencias. Por esto andan callados o acomplejados.

Debido al hecho que el calificativo de “facha” encierra dentro de sí todo lo malo habido y por haber, lo que se pretende con la identificación de España = “facha” es llegar a la asociación de lo español con lo negativo y provocar así su  rechazo. Incluso hasta con odio.

Que nadie lo dude: contra el actual estado de cosas habrá reacción. Lo triste es que puede que sea la del nacionalismo español más burdo,  vulgar y cuartelero que uno pueda imaginarse: el que podrá  armar la gorda de nuevo.

Si esto ocurriera (y Dios no lo quiera), ya veríamos que luego nadie se sentiría culpable de nada. Pero habría lamentos. Y el llanto literario de las ovejitas “inocentes”  e inmaculadas. Así que seguiríamos con la historia de siempre: la de la imbecilidad. O la de la hipocresía sempiterna e incesante.

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Las bases eclesiásticas del nacionalismo

14 Nov

En Jesús de Nazaret estaba (y está) la solución: estimación, perdón y desyoización (individual y colectiva), es decir, el “niégate a ti mismo”  para liberarnos del ego atormentador.

Pero Jesús les debió parecer poca cosa a los Padres de la Iglesia, que desearon arroparlo con la filosofía de las esencialidades. Y así se echó  mano a Platón y a los aristotélicos, construyéndose la escolástica de las verdades inmutables. Con ello Jesús quedó eclipsado.

Y pasaron luego años y más años de rigideces e intolerancias. Y se conformaron mentes y cerebros de pétrea dureza, intolerantes y obsesivos. Y de tales cerebros se derivaron pensamientos diversos y variados, pero todos marcados por las férreas severidades de lo que se llamaron Verdades. Las indiscutibles.

Que nadie se extrañe que sobre estos fundamentos duros acabaran instalándose las pasiones de las “identidades” (o sea, las otras esencias, base de los nacionalismos)

Observemos al nacionalismo español y comprobemos su parentesco con el mundo eclesiástico. Vayamos desde “el Santiago y cierra España” (y pasando por colonizaciones con cruz y espada) hasta el Franco bajo palio. O vayamos a los Escoriales y Valles de los Caídos en proceso patriótico hacia Dios.

Observemos también al nacionalismo catalán. Repasemos sus patriotas, literatos, poetas e iluminados, la gran mayoría de ellos vinculados en momentos dados a seminarios, sacristías y monasterios. Observemos sus órganos de difusión en años próximos o lejanos (Oriflama, Serra d’Or, Lluc, etc.). O fijémonos en las entronizaciones simbólicas de monasterios (estén en Monserrat o en sierras mallorquinas).

Cosas parecidas surgieron por tierras yugoeslavas, rusas o esteparias, en las que las largas barbas ortodoxas fueron, y van, bien maridadas con los ímpetus nacionales.

Conviene, sin duda, saber dónde nos encontramos. Y cómo a tal punto hemos llegado. Y quiénes realmente somos y aquello que nos ha modelado. Y conviene, de paso, recordar al gran traicionado: a Jesús, el que quiso enseñarnos a vivir desyoizados y al que no se hace ni puñetero caso. O sea, un error gravísimo.

Profesores doctrinarios y sectarios: un mal asunto

31 Oct

En nuestra sociedad (no precisamente budista, taoísta o presocrática) se han formado (vía eclesiástica) mentalidades férreas ancladas en convicciones inamovibles.
Si antes era en centros religiosos donde se modelaban las personalidades rígidas, ahora es en escuelas, institutos y en muchas facultades universitarias. Es en estos centros donde se lleva a cabo una enseñanza doctrinal de carácter político, ideológico y lingüístico. Los maestros “misioneros” que lleva a cabo sus apostolados va directos a crear lo que ellos llaman personas “concienciadas”, pero que no son otra cosa que simplistas militantes de Causa, todos igualitos y fabricados en serie.
En pocas palabras, que si antes había muchos eclesiásticos, en los tiempos actuales los hay aun más, aunque no lleven sotana ni sepan ellos mismos que son lo que en realidad son: curitas, monjes y monjitas.
Pues bien, si deseamos que nuestra sociedad se convierta en occidental de una vez por todas, si queremos que se modernice en el racionalismo de las luces y abandone las tinieblas medievales, habrá que empezar a renovar nuestras escuelas más o menos coránicas (aunque sin el Corán musulmán, claro), y empezar la enseñanza que define Occidente y el sentido del progreso, es decir, la ENSEÑANZA CRÍTICA.
Enseñanza crítica significa educación ágil en los juegos de las ambivalencias, capacidad de discernir fríamente horizontes sin prejuicios establecidos, apuesta por las diversificaciones de pensamientos en confrontación constante. Y supone, sobre todo, no anclarse para nada en resoluciones prácticas o teóricas de modo definitivo.
El maestro o profesor crítico debe y tiene que aceptar que se cuestione incluso lo que él más ama, que circulen por sus aulas pluralidad de opiniones y que se favorezca la presentación (lógica, rigurosa y seria) de pensamientos diversos y antagónicos.
El profesor correcto no solamente no tiene que oponerse o silenciar a los que opinan diferente a él, sino que debe esforzarse incluso en hallar oponentes realmente efectivos a su propia línea de pensamiento.
La escuela libre es hoy imprescindible. Y sobre todo lo es porque la que tenemos es proselitista. Y con pretensiones de “progresista”. O sea, que apaga y vámonos.

YO, YO y YO

17 Oct

El egocéntrico solo piensa en sí mismo. Tiene tiempo de sobra para ello: come, bebe, está bajo techo y no tiene frío en invierno ni calor en verano. No es un paria que tenga que luchar duramente por la supervivencia. Por lo tanto, le sobran horas.
El ególatra no mira a los otros. Solo lo hace para responsabilizarlos de sus desdichas, más imaginarias que reales. Pero se las dibuja y alimenta con tal acierto que acaba creyéndoselas a pies juntillas. Contra tales desdichas (que lo hunden en la más pura histeria paranoica) se defiende de un modo muy especial: jamás fijándose en sus particulares errores. Jamás. Lo que lleva a cabo es una tarea incesante y sistemática de acusación, acusación contra los otros, contra los que dice que le martirizan, acorralan y destrozan sin piedad. Así que los males (más ficticios que reales) que padece el pobre egocéntrico son el resultado de la acción de los demás y jamás de sus propios fallos, que no existen. Por lo tanto el egocéntrico es cobarde por naturaleza.
El egocéntrico es un victimista modélico. Además, su victimismo alimenta su ego al máximo, hinchándolo hasta el paroxismo explosivo. Incluso llega a desembocar (o a entrar plenamente) en el puro masoquismo. Llega un momento en que necesita, urge y precisa de golpes adversos. Y reales. Solo así puede argumentar y argumentarse su situación de víctima acorralada. Y solo así puede justificarse posibles reacciones contra sus presuntos enemigos, enemigos que cuanto más fuertes cree que son más realzan sus propias demarcaciones personales a defender.
Hay muchos egocéntricos. Viven mal y hacen vivir mal a los que les rodean. Y cuando el egocentrismo se configura haciéndose colectivo, entonces está servida la desgracia, la desgracia total. Desde el fondo de la tribu que ha fomentado la idea del victimismo, surge pronto o tarde el miembro (o los miembros) que se erigen en libertadores, en redentores. Son los que están dispuestos al sacrificio y hasta a la autoinmolación para la “salvación” general. Pero más aun: también son los que están en pura predisposición para armar el gran conflicto de “liberación nacional”. Y es entonces, solo entonces, cuando puede empezar (y tantas veces empieza) la historia de una masacre. Y las masacres ya sabemos a qué acaban apestando: a sangre y a mierda. A vómito.

Manuel Fraga y Santiago Carrillo

3 Oct

No voy a ser yo quien me ponga a juzgar a las personas. A las personas que las juzguen los jueces, si saben. O que lo haga Dios, que lo conoce todo. Así que me voy a abstener de emitir opiniones sobre conductas de políticos concretos.

Desconozco con detalle el grado de fidelidad y colaboración de Manuel Fraga y de Santiago Carrillo con respecto al franquismo y al estalinismo respectivamente. Tampoco sé sobre sus compromisos en represiones o erróneas conductas en materia política. Pero sí hay algo que todos sabemos: que ambos supieron en un momento dado hacer concesiones y llegar a los pactos, los que son siempre la consecuencia de la práctica democrática.

Puede que en sus épocas juveniles (o hasta incluso en sus madureces), Fraga y Carrillo pecaran de falta de tacto e inteligencia para el ejercicio en la flexibilidad de la concordia, pero cuando llegó el momento decisivo de la Transición, estuvieron ambos a la altura de las circunstancias, posición que los redimió de muchos de sus posibles errores anteriores.

Intento decir con todo ello que estos dos políticos fueron (y son sobre todo ahora), un ejemplo a seguir para los que, incapaces de ceder, pretenden conseguirlo todo, a la vez y al ciento por ciento, en todas sus dimensiones.

Democracia es antes que nada capacidad para el pacto, este pacto tantas veces insatisfactorio pero siempre imprescindible para no desembocar en situaciones de conflictividad social. O de guerra civil. Ser demócrata es haber llegado a la convicción de que no hay, precisamente, convicciones totalmente irrenunciables. Y éstas no existen porque en todo hay (o puede haber) verdad y, al mismo tiempo,  mentira.

Lo contrario a la mentalidad abierta es la visión cerrada, la del que no quiere, ni sabe, ni puede ceder en nada por estar encastillado en su ignorancia simplista, en su mala fe o en su radicalismo pueril.

Toda sociedad que pretenda vivir en paz necesita muchas cosas. Y, entre ellas, personas inteligentes y alejadas de infantilismos peligrosos. Y necesita buenas escuelas, escuelas formadoras de espíritus libres, no de militantes doctrinarios.

Me temo que el camino democrático hoy lo llevamos algo perdido. Nos sobran niñatos tontos e irresponsables (niñatos, sí, aunque sean cincuentones y lleven corbata). Y nos faltan hombres prudentes y sabios. Hombres de verdad.

Nombres de calles, plazas y otras cosas

19 Sep

Hemos visto calles, plazas o centros oficiales con unos nombres y luego, debido a cambios políticos o sociales, con otros.

La raíz del problema (si es que lo consideramos problema, claro está) se halla en la tontería que supone el ensalzamiento de las personas en función de su ideología o tendencia política o nacional. Hartos estamos de comprobar el modo como el encumbramiento de alguien (de un simple personajillo, generalmente) viene determinado por su modo de pensar y de manifestarse en consonancia de los que lo aúpan por sentirse con él unidos en comunión de pareceres.

Además, está muy claro que cuando a según quien se le da relevancia, no es por sus méritos intrínsecos o por sus valores personales, sino por su fidelidad a determinadas causas. Prueba de ello es que basta con que el ensalzado muestre titubeos, dudas o rechazos a lo que antes apoyó, para que seguidamente se le descienda enérgicamente del pilar en el que antes se le había colocado.

Los defensores de causas no aprecian nunca a las personas por ellas mismas, sino por su disciplina y colaboración en lo que respecta a los dioses mundanos venerados y compartidos. De este modo sucede que el que antes fue muy aparentemente amado es a continuación odiosamente rechazado.

Son reflejo de todo ello los nombres de calles y plazas, nombres puestos, por lo tanto, no para mostrar aprecio social a tal o cual persona, sino para colaborar en la magnificación de un proyecto político o social. De lo que se trata es de poner sillares en el edificio ideológico que se está edificando. Lo demás importa poco. O nada.

Por lo tanto y ante tal panorama de proselitismo constante, de lo que se trataría, si se pretendiese hacerse las cosas bien, sería de reservar las nomenclaturas para personajes realmente importantes y desvinculándolos de sus tendencias ideológicas.

Si de mí dependiera, me dejaría de cultos a religiones espirituales o paganas y de colaboraciones a egocentrismos. Y las calles se llamarían de mil maneras: calle del amanecer, del atardecer, del sol, de la luna, de la rosa, del clavel, de la ilusión, de la esperanza o del lamento. O del pez. O hasta del percebe.  Nada más que esto. Así los nombres se quedarían siempre en su sitio y nunca habría por qué cambiarlos. Saldríamos ganando.

Creer solamente en lo que se ve

5 Sep

Los hay que se creen muy listos, demasiado. Estos “inteligentes”, sin un mínimo de humildad, los ha habido siempre y en todos los ámbitos. Su especial “inteligencia” es reveladora, sin embargo, de todo lo contrario a la propia y real inteligencia: es muestra de ignorancia sin límites.

Veamos, por ejemplo, las convicciones radicales de los materialistas del viejo positivismo. ¿En qué creían ellos? Pues en lo único digno de creerse, decían, es decir, en lo que se podía ver y tocar. Todo lo demás era  pura entelequia. O absurdo inexistente.

Pero han pasado los años y han surgido nuevas tecnologías. Han aparecido técnicas para ver mucho más allá de nuestros ojos. Ahora empezamos a ver lo mínimamente pequeño y lo enormemente grande y, con ello, descubrimos mundos antes inimaginables incluso por las más atrevidas mentes.

Aun sin verlas a simple vista, solo en cada uno de nuestros cuerpos físicos viven unos treinta trillones de células, que no son simples piezas muertas del edificio corporal, sino pequeños mundos en miniatura y en colaboración constante. Esta enormidad de células se nos renueva cada siete años transformándonos nuestra realidad propia, transformación que tampoco percatamos.

Y en las células hay moléculas invisibles. Y más allá de las moléculas, átomos. Y más allá de éstos, las llamadas supercuerdas. O sea, que a niveles microscópicos existen realmente, y sin ficción alguna, ámbitos de realidad todavía inexplorados y de una complejidad tan maravillosa como enigmática. Son verdaderamente universos fascinantes en miniatura.

Pero a nivel macroscópico tenemos también presencias que desbordan nuestras posibilidades de exploración e imaginación. Hay mundos dentro de otros mundos, mundos sin límites. Y hay galaxias dentro de galaxias. Y hasta se habla de universos distintos al nuestro, o de universos dentro de universos, simultáneos o incluso paralelos.

¿Existe solamente lo que se ve, por lo tanto? Pues no. La realidad existencial es fascinante y compleja hasta lo insospechable. Por lo tanto incidamos en lo que otras veces hemos comentado: evitemos presumir de nuestros conocimientos. Siempre son pobres. Lo fueron ayer y lo son ahora. De un modo u otro siempre lo serán.  Presumamos menos, por lo tanto. Y admiremos, mientras, el gran espectáculo.