Nombres de calles, plazas y otras cosas

19 Sep

Hemos visto calles, plazas o centros oficiales con unos nombres y luego, debido a cambios políticos o sociales, con otros.

La raíz del problema (si es que lo consideramos problema, claro está) se halla en la tontería que supone el ensalzamiento de las personas en función de su ideología o tendencia política o nacional. Hartos estamos de comprobar el modo como el encumbramiento de alguien (de un simple personajillo, generalmente) viene determinado por su modo de pensar y de manifestarse en consonancia de los que lo aúpan por sentirse con él unidos en comunión de pareceres.

Además, está muy claro que cuando a según quien se le da relevancia, no es por sus méritos intrínsecos o por sus valores personales, sino por su fidelidad a determinadas causas. Prueba de ello es que basta con que el ensalzado muestre titubeos, dudas o rechazos a lo que antes apoyó, para que seguidamente se le descienda enérgicamente del pilar en el que antes se le había colocado.

Los defensores de causas no aprecian nunca a las personas por ellas mismas, sino por su disciplina y colaboración en lo que respecta a los dioses mundanos venerados y compartidos. De este modo sucede que el que antes fue muy aparentemente amado es a continuación odiosamente rechazado.

Son reflejo de todo ello los nombres de calles y plazas, nombres puestos, por lo tanto, no para mostrar aprecio social a tal o cual persona, sino para colaborar en la magnificación de un proyecto político o social. De lo que se trata es de poner sillares en el edificio ideológico que se está edificando. Lo demás importa poco. O nada.

Por lo tanto y ante tal panorama de proselitismo constante, de lo que se trataría, si se pretendiese hacerse las cosas bien, sería de reservar las nomenclaturas para personajes realmente importantes y desvinculándolos de sus tendencias ideológicas.

Si de mí dependiera, me dejaría de cultos a religiones espirituales o paganas y de colaboraciones a egocentrismos. Y las calles se llamarían de mil maneras: calle del amanecer, del atardecer, del sol, de la luna, de la rosa, del clavel, de la ilusión, de la esperanza o del lamento. O del pez. O hasta del percebe.  Nada más que esto. Así los nombres se quedarían siempre en su sitio y nunca habría por qué cambiarlos. Saldríamos ganando.

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