La endogamia de los judíos conversos, sí. Pero también la otra.

11 Ene

Aquí no hay Arcadia que valga ni paraíso perdido en ningún sitio. Aquí hay lo que hay. Y en el pasado hubo lo que hubo: sin recomendable mitificación de ningún tipo,  porque no necesitamos mitos ni, aun menos, historias falsificadas.

Hemos de enfrentarnos a la mancha real que llevamos bien pegada, para evitar disimularnos las vergüenzas, como la del trato denigrante que dimos a los xuetes, que tan marginados estaban que tuvieron que emparentarse entre ellos mismos en una endogamia que es manifestación de un racismo sin paliativo alguno. Pero resulta que este racismo perdura en algunos aspectos y todavía hoy. ¡Cuántas veces he tenido que acallar y censurar en mis clases, como profesor, los comentarios, indirectas hirientes, risitas malévolas o hasta abucheos de alumnos míos cuando a principios de curso se pasaba lista y surgían los conocidos apellidos estigmatizados¡ Nunca he podido comprender, además, la falta de la más mínima sensibilidad por parte de los que, con sus acciones, humillaban a gentes de modo gratuito.

Pero junto a este trato injusto hacia los descendientes de los judíos, también hemos tenido otra endogamia, muestra ostentosa, también, de otro tipo de racismo. Es la endogamia no provocada desde fuera, sino desde dentro del propio grupo y para evitar que éste se mezclara con lo que se debía considerar “la chusma” del vulgo. Me refiero a la endogamia de nuestra pequeña nobleza provinciana, la de los botifarres, endogamia que también ha perdurado hasta estos nuevos tiempos actuales, los “desnaturalizados”, los que se iniciaron más que nada con la llegada del turismo y las gentes foráneas.

Nuestra nobleza provinciana  es otro de los ejemplos configuradotes del mapa colectivo de un pasado vergonzoso. Hasta incluso a principios del siglo XX había botifarres a los que se debía besar la mano. Todavía mi propio abuelo, según me contaba, tenía, en su juventud, que inclinarse reverencialmente (con besada de mano incluida) ante el senyor de Sa Granja de Esporles.

Mucha miseria lleva sobre sus espaldas la Mallorca tradicional. Y pobreza de espíritu. Y falta de un aire limpio y renovador que, cuando por fin aparece, no tenemos que despreciar por falta de “autenticidad” propia. ¡Cuánta actitud claramente reaccionaria se manifiesta en el intento de idealización de los pasados caducados¡ ¡Y cuánta aberración irónica catalogarla como “progresista” cuando no es otra cosa que un puro y simple resto de un medioevo para echar sin vacilación donde corresponde: al cubo de la basura.

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