La Segunda República

14 Abr

Al principio todo debió ser muy bonito, con ilusión y buenas intenciones. Como cuando en los años setenta tuvimos nosotros la transición hacia la democracia. Pero luego ocurrió lo que inevitablemente tenía que ocurrir, porque la sociedad española estaba entonces de luto. Desde siglos atrás estaba de luto. Sí, de luto y de negro total, entre rezos, lamentos y procesiones interminables. Y sometidos todos bajo púlpitos sin razón ni raciocinio. Y alejados de pensamientos libres en búsqueda de investigaciones y ciencias. Y comulgando de emotividades cerradas, sin sol, ni aire, ni cielo abierto.

La vieja, dura, carcomida e injusta España de entonces seguía cerrando filas con sus cardenales y generales al servicio del pasado. Excesivos intereses y podredumbres le cerraban el paso a las luces. Y aquella España miserable, de alpargata, andaba sin rumbo claro, analfabeta a su pesar, manoseada y manipulada por los estúpidos, por los fanáticos de soluciones fáciles y rotundas a vuelta de una esquina inexistente de salvación real, tajante y rápida. Y andaba España con el mundo de entonces acompañándola, un mundo también herido, en pugna, un mundo que se aprovechaba de nuestra ignorancia y ancestral incultura. Por esto, como torpes muñecos desgraciados, fueron los españolitos de entonces manipulados por los intereses de los monstruos: los de las cruces gamadas y los de las hoces y martillos contundentes.

Arrastrados por los fanatismos de falsos paraísos al alcance de la mano, así iban ellos, los directivos de los zafarranchos de combate. Y sacando de sus ubres malvadas la mala leche agria desde siglos atrás acumulada. Y mientras tanto, ella, la pobre, la Señora República, iría siendo zarandeada sin cesar por zorros, aprovechados y depredadores salvajes. Y traicionada por los que, invocándola e izándola al principio como emblema, luego la menospreciarían por liberal, burguesa y democráticamente “formal”. Sí, ella, la Señora República, aquella en la que, de hecho, no creían ni los señores de las tierras, ni los arcaicos militares, ni las sotanas asfixiantes, ni los socialistas marxistas, ni los comunistas de dictaduras proletarias, ni los anarcosindicalistas revolucionarios, ni los fascistas de mano levantada, ni los patriotas de las patrias en segregación desde las esquinas periféricas. Todos se mofaron a su modo y antojo de la República, de la Señora y desgraciada República, la que ahora todos evocan tal y como nunca fue y desde un hipócrita y falso amor, sin rubor ni vergüenza.

La memoria histórica, dicen. Sí. Para renacer en la confrontación de los idiotas. Realmente somos lo que somos. Todavía. Una sociedad triste. Esencial y radicalmente estúpida. Que no rectifica ni aprende nada de nada. Que sigue en sus trece. Y con sus mentes calientes, sin sentido, ni apertura ni lógica alguna. Y sin sincerarse jamás. Sin sincerarse de una vez y por todas sobre lo que se fue y se es.

Lamentablemente nos faltan muchas cosas. Y, entre ellas, la decencia. La decencia que, solo ella, podría salvarnos el alma.

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