Sobre las naciones “naturales”

26 Ene

El berenjenal en el que nos podríamos meter si decidiéramos dilucidar la “naturaleza pura” de las naciones sería tal que acabaríamos locos. Y más locos nos volveríamos si pretendiéramos rehacer el actual atlas mundial en función de las naciones “naturales” que surgirían de nuestros “análisis” sobre el tema.

Si lo hiciéramos, ocurriría que unos delimitarían las naciones (con derecho a Estado) basándolas en la raza; otros, en la historia; otros, en la geografía; otros, en el idioma; otros, en la religión; y otros, en múltiples factores que irían surgiendo. Y desde esta perspectiva ocurriría, por ejemplo, que los que tuvieran apellidos y sangre judía tendrían obligatoriamente (so pena de ser tildados de sediciosos, claro está) que verse agrupados en un redil muy especial y concreto. O sucedería que en Mozambique, donde al menos se hablan 42 idiomas (sin contar con el portugués), habrían de erigirse 42 Estados. O pasaría que la Alemania “real” de habla y cultura alemana (con  zonas de Polonia, la República Checa, Austria, Suiza, etc.) tendría que volver a reivindicar lo que en su momento reivindicaron quienes  ya sabemos. O sea, que lo que decimos, que vaya berenjenal en el que nos meteríamos. De los 192 Estados existentes hoy en día pasaríamos a unos 7000 si pensáramos sólo en los idiomas. Y si recurriéramos a los otros factores, multiplicaríamos la cifra por más de 10. Total, que sería el caos. Y más lo sería todavía si cada uno de los nuevos estados pretendiera poseer lo que los viejos estados ya tienen: ejércitos.

Comprendo que la parte más primitiva de nuestro cerebro (la amígdala o el llamado cerebro reptiliano) acciona sus mecanismos neuronales para impulsarnos al gregarismo colectivista. Es un elemento milenario que tenemos y que presenta sus exigencias. Pero también es cierto que con los años y los días hemos desarrollado otro cerebro en nuestra cabeza y para mejor alumbrarnos (teóricamente). Me refiero al neocórtex que nos define como humanos. Es la parte del cerebro que nos ofrece el intelecto y la lógica para apartar oscuridades y que también acciona los mecanismos fisiológicos de las transmisiones neuronales. ¿Por qué no tenerlo también presente, por lo tanto?

Un mínimo de sensatez y racionalismo nos alerta del riesgo de las estupideces sin pies ni cabeza. Evidentemente que tenemos que estar agrupados en sociedades organizadas. Así que podemos (y tenemos) que revisar sin perjuicios las ya existentes y construidas, en la mayoría de veces, con las armas de los egoísmos individuales y colectivos. Claro que sí. Pero vayamos con cuidado en caer en la tentación de la pasión a la que arrastran las sociedades o “naciones naturales”. Optemos, mejor, por las simples revisiones de las sociedades ya existentes o vayamos creando de nuevas en función de los convencionalismos pragmáticos de las urgencias que se presenten. Seamos, por lo tanto, más ilustrados y civilizados que primitivos. Y no olvidemos nunca que nuestro auténtico grupo es la  globalidad entera de la especie humana.

Cuidado, pues, con las sociedades  “naturales”.

¿Y los Estados qué? ¿Que son “artificiales”?  Pues ni más ni menos que como lo son todas las asociaciones de los hombres. Y precisamente gracias a ello son revisables y modificables, cosa no tan fácil en las supuestas “auténticas naciones naturales”, las que por ser tan y tan “naturales” se conciben inmutables en su esencia, es decir, en la esencia mitológica de los graves  conflictos. Mente fría, por lo tanto. Y pies en el suelo, sí. Efectivamente.

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