Volverán

8 Sep

A veces es inevitable preguntárselo. Y resulta inevitable la pregunta porque uno no sabe si realmente se fueron, o se han ido, definitivamente. Por lo tanto, ¿volverán? ¿O están, como siempre, aquí, aunque con otros nombres, con otros aspectos y con otros idearios? Es cierto que caen y desaparecen los dioses, pero ¿desaparecen los apostólicos entusiastas de las pedagogías de los dogmas que sin cesar se suceden y alternan sin pausa?

De ahí que uno crea que sí, que volverán. Volverán los hijos de la noche. Como tantas veces han vuelto. Volverán porque el eterno retorno nos devuelve siempre algo más amargo que risueñas golondrinas, tupidas madreselvas o primaveras. Así que volverán ellos, como vuelven siempre también los tramposos y farsantes. Volverán ellos sí, con sus hábitos de seriedad oscura, con sus capas uniformadas, con sus túnicas de vacía trascendencia. Y volverán excitando y dirigiendo las masas ignorantes, ciegas y fanáticas.

Volverán ahogando la espontaneidad del gozo. Y nos abrirán sus códices de obligada lectura. Te los abrirán a ti,  para encadenarte a ellos. Te señalarán las cruces del pecado, y te levantarán sus signos y sus negros estandartes de mortificación, penitencia y arrepentimiento. Querrán cuadricularte la mente con líneas y formas geométricas. Y con metas perfectamente definidas y establecidas.

Puede que al principio se disimulen con disfraces poéticos de mansas ovejas víctimas y oprimidas, como siempre ha sido y siempre han hecho. Pero cuando se sientan fuertes y robustos, asfixiarán lo que hemos aprendido a llamar LIBERTAD. Y te marcarán sus rutas y caminos exclusivos en el momento que te uniformicen con las reglas y la moral de la certeza matemática de sus horizontes cerrados.

Volverán los hijos de la noche. Claro que sí. Porque ya están aquí, en minoría y en vanguardia, aparcados en paréntesis de anhelante espera. Militan con el fuego del entusiasmo sobreponiéndolo al esquematismo simple de sus delgados razonamientos. Volverán con sus hoces y martillos, con sus esvásticas, sus colores engañosos, sus insignias nacionales, sus medias lunas puntiagudas o sus crucifijos afilados. O con otros feroces signos emblemáticos cegando paisajes.

Levantarán sus santuarios de tristes dioses sin fulgor ni brillo ni perdón. Cantarán cánticos y versificarán compromisos de luchas redentoras y sembrarán los campos de extraviadas pedagogías de esterilidad maldita.

Volverán, sí, una y otra vez. Como los estafadores y malditos. Incansables e incurables. Pero tú, si eres limpio en la rectitud y la nobleza, mantén tu esperanza erguida, aunque habite en regiones de invisible lontananza. Mantén la esperanza porque tras las noches malas y tenebrosas de amarga pesadilla, despierta también siempre una aurora luminosa, ancha y sin fronteras: es la aurora del RENACIMIENTO. O del HUMANISMO. Del HUMANISMO de par en par abierto a todos los hombres, a todos los mares, a todos los aires. El que nos traerá la victoria definitiva. Para seguir siendo. Y seguir viviendo.

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