Sobre la prostitución

16 Sep

Insistamos sobre la hipocresía. Lo que rodea a la prostitución es un clarísimo ejemplo de tal defecto. Así que hablemos sobre ella.

Empecemos admitiendo que las necesidades sexuales existen en todo el mundo. Y existen porque hay la testosterona y la biología toda entera, aunque ésta no guste a los que desearían rectificarla con otros métodos de  relajación o reproducción más asépticamente neutros. Pero queda claro que si partimos de la visión de la sexualidad como algo no pecaminoso, es necesario admitir lo evidente: el sexo es real y no se puede soslayar con historias, cuentos y estupideces. Y, además de real y necesario, es bueno si no lastima a nadie. Igual que lo son tantas otras realidades o necesidades fisiológicas de los seres vivientes.

Y también no hay que ser unos linces para enterarse de que las necesidades sexuales no pueden ser siempre, ni por todos, plenamente satisfechas. No importa entretenerse ni hurgar con ejemplos para ver que hay personas que tienen (y siempre tendrán) dificultades para hallar pareja. Por lo tanto aquello del eslogan de “tan poco vales”, que se difundió por Andalucía hace poco,  me parece simplemente insultante e injusto. Y hasta ofensivo e indecente.

Después de lo dicho creo que queda claro que la presencia de prostitutas es por ahora inevitable, como siempre lo ha sido. De ahí que sea ridículo negar lo que se da y existe y seguirá existiendo. Y más ridículo es todavía aparentar “prohibir” lo que de hecho no se prohíbe.

Siempre habrá mujeres que vendan sus cuerpos o sus encantos físicos personales. Del mismo modo que todos en algún aspecto nos vendemos. ¿Acaso no se venden los mineros que arriesgan sus vidas en las minas? ¿O no se venden los que faenando de sol a sol van envejeciendo rápidamente? ¿O hacen gratis sus trabajos quienes en hospitales llevan a cabo tareas escatológicas totalmente imprescindibles? ¿O acaso abunda las gentes con la “gran suerte” de vivir absolutamente al margen de lo que se  les paga?

Lo importante con respecto a las prostitutas, por lo tanto, tendría que estar en lo único que importa: en dignificar su trabajo (que en muchos casos hasta es meritorio) y en evitar a toda costa las opresiones, la  esclavización y la explotación que sufren bastantes de estas mujeres por parte de  malvados sin un ápice de escrúpulos, malvados que tendrían que ser duramente perseguidos. Y también habría seguramente que legalizar el oficio, atendiendo a las trabajadoras del sexo en lo que fuera conveniente y necesario.

Lo que es absurdo o hipócrita es negar lo que ocurre. O mirar para otro lado. O hacer generalizaciones pretendiendo que todas las que se venden lo hacen contra su voluntad o que carecen de  dignidades. Muchas que se prostituye lo hacen porque quieren y porque lo ven rentable, o lo hacen como el minero que entra en la mina: porque no les queda más remedio y porque no ha hallado un trabajo más confortable.

Y si las autoridades desean averiguar dónde están y quienes son las prostitutas que ejercen sin voluntad propia, siendo presionadas por mafias y rufianes, pues que empiecen hojeando periódicos. En las páginas de publicidad no les faltarán los teléfonos y ni las direcciones de sus lupanares, de bajo, mediano o alto “standing”. Y luego que prosigan sus pesquisas. Con cosas mucho más difíciles se tendrán que enfrentar en sus quehaceres diarios.

O sea, que lo que decíamos, que la hipocresía reina a sus anchas. Y de qué manera.

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