Hacia un hombre verdaderamente nuevo

21 Feb

Hay muchos modos de subirse a la cima del Calvario, o sea, al monte de la cruz, éste que tiene como punto más álgido  la culminación del “ego”, del “ego” bien delimitado y definido, el que ha subido y ascendido, el que ha conquistado el remate, pero un remate convertido, al final, en meta de dolor intenso.

Al Jardín del Edén sin duda lo dejamos hace tiempo, en la primera infancia. Y desde allí empezó el ascenso penoso. En el Paraíso vivimos la inocencia, la gracia y la vida sin pensárnosla, cuando sencillamente “fuimos lo que fuimos”, actuando sin cálculo  y llevados por el ritmo vital del existir instintivo. Pero al niño-Adán que tuvimos dentro fatalmente nos lo aniquilaron. Nos lo eliminaron bajo la sombra ambivalente del “Árbol de la Ciencia”, este árbol protector y destructor a la vez, este árbol cuyos frutos nos apartan de la unidad con la vida y con el Todo. Son sus frutos los que, hechos conceptos, pensamientos, aprendizajes, historias y pasados de cada vez más y más acumulados, separan y nos separan: nos desconectan, aunque nos fabriquen también nuestra identidad, nuestra identidad social y evolutiva.

Sí, hablamos del “Árbol de la Ciencia” o el del “Bien y del Mal”. O el de la sociedad que nos modela, nos civiliza y nos instruye. La sociedad con la que empezamos a ascender hasta la crucifixión final. Así que empezamos a elevarnos con el grupo, el que nos marca escala de valores, hitos, referencias y caminos, el que premia y nos castiga, nos respeta o nos desprecia según el grado de fidelidad al trayecto social marcado. Debido al grupo cargamos con el duro fajo “protector” de los deberes, de los deberes prescritos, y nos volvemos lo que Nietzsche llamaba “el camello”, unos camellos que, no obstante, tienen, eso sí, un claro alivio: el de no tener que decidir por propia cuenta. Entonces, camellos entre camellos, formamos redil y vamos, tranquilos, en dirección única de antemano señalada. Vamos sin ansiedades ni temores porque la programación vital nos viene dada y prefijada. Puede que con todo ello vayamos como hipnotizados, pero vamos, vamos hacia delante.

Pero luego puede surgir la segunda etapa en la ascensión dolorosa. Es la que Nietzsche llamaba la etapa del “león” y Osho, la de “la mente individual”. Es la mente de un “ego” evolucionado que ha optado por la libertad, por la difícil libertad, dejando atrás las demarcaciones del grupo (país, tribu, iglesia, etc.). Se anda entonces acompañado de la libertad, sí, pero también de la hermana inseparable de ésta, es decir, de la responsabilidad. Y es luego cuando la libertad se nos hace una condena al tener que decidir, decidir entre las dudas que acorralan. Y con ellas y de ellas se nutre la ansiedad, y hasta la depresión que la sigue, marcando huellas. El “ego” personal se convierte en “control”, el único control que guía al hombre atrevido de hoy, el que habita en Occidente, hombre que, a pesar de su rebelión contra el grupo, permanece ligado también a él, porque el “ego” es así, siempre necesita del grupo, aunque sea para que éste le aplauda la propia rebeldía contra el grupo mismo, le aplauda su atrevimiento de luchador solitario y competitivo. Cuanto más feroz es el león de rebeldía, más se enorgullece de su propia hazaña, una hazaña que necesita del grupo como referencia de ataque. Y como público para el elogio, elogio del que tanto necesita el “ego” para afianzarse y consolidarse.

Pero el sufrimiento del león ansioso lleva siempre a la crucifixión inevitable, a la locura del desespero. Y al ataque del grupo al fin y al cabo, del grupo que no perdona, por envidia, al que destaca. También los miembros-camellos de la comunidad-redil tienen su propio “ego”, un ego que se siente herido cuando uno se adelanta.

Pues bien, ¿es posible entonces, después de la crucifixión del león una vuelta atrás hacia el Paraíso perdido? ¿Es posible la resurrección? ¿Qué superhombre cabe tras el león lastimado? Osho habla del nuevo Adán, es decir, del Jesús convertido en Cristo, del hombre nuevo, del hombre realmente vivo dentro de la propia vida. ¿Cómo sería este nuevo hombre? Pues  no sería otro que el que hubiera conseguido disolver precisamente a su “ego”, este ego intocable que tanto nos lastima. Se trataría, pues, de aniquilar al “yo”, y no para volver a la inconsciencia de la infancia irrecuperable, sino para ir a la consciencia pura, clara y radiante de un existir pleno y distendido en la inocencia.

El problema está, sin embargo, en cómo destruir al “ego”. Será imposible hacerlo con la voluntad de lucha, herramienta eficaz precisamente para la construcción (y sólo construcción) de lo que ahora pretenderíamos destruir. Por lo tanto deducimos que al “yo” habría que eliminarlo con la pasividad inactiva de la total rendición, sin condiciones previas, cuando allá en lo alto de la cruz pudiéramos exclamar ya y definitivamente derrotados, aquellas palabras de Jesús: “Se haga, Señor, tu voluntad”. Es entonces el momento de dejar la lucha, la oposición y la resistencia. El momento del “dejarse llevar”, del entregarse, para hacernos simple vacío, un vacío imprescindible para llenarlo con la Vida pura, la que no admite resistencias, la Vida limpia como la de la primera infancia, sí, pero una infancia consciente, aquella que pudiera reconocerse a sí misma como existiendo y siendo.

Hay que aceptar que hasta el día del hoy el hombre ha hecho miles y millones de piruetas, de malabarismos en la existencia para manipular esta existencia y así “salvarse”. Lo ha hecho desde entonces, cuando dejó aquel Edén primitivo. Pero hiciera lo que hiciera poco cambiaron las cosas. Y, al final, siempre se nos ha hecho presente el Calvario. Quizás no estaría mal, por lo tanto, intentar la marcha por un camino nuevo, el camino de la resurrección y de la entrega a la vida, a la naturaleza, a la inseguridad y hasta a la propia muerte, al flujo del transcurrir sin empachos cerebrales entorpecedores, al dejarse ir sin “egos” impertinentes, celosos, vanidosos y supercontroladores, éstos que nos hacen precisamente lo que somos: explosivos.

Puede que  “abandonarse” y “descontrolarse” para vivir “viviendo” y para entregarnos a la voluntad del Todo  sea efectivamente el paso que nos falta dar. Es un paso, no obstante, para realizar no en grupo ni para convertirlo en divisa política de realización colectiva. Es un paso al alcance de cada individuo aisladamente considerado, el paso “religioso”, psicológico e individual que (con el desapego) nos libere, y nos presente un horizonte nuevo: diferente y vital. Y, tal vez, posible.

Sólo falta probarlo.

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